Si te rompes, no estás entero

Josep Camós

14 mayo, 2008

Para la obtención del permiso de conducir ordinario se nos pide un requisito muy simple: que veamos, oigamos, tengamos un mínimo de reflejos y además podamos movernos con cierta soltura para manejar el vehículo. Si falla alguno de estos parámetros, el centro médico de turno dirá que no somos aptos para la conducción e informará a Tráfico de esta circunstancia.

Las pruebas que se emplean en los centros de reconocimiento médico son a menudo objeto de críticas por su sencillez. Se duda de los criterios empleados e incluso de la eficacia de estos controles. Pero lo cierto es que cuando un conductor pierde temporalmente sus aptitudes psicofísicas es difícil que lo reconozca abiertamente y más difícil todavía que deje el coche quieto y se vaya en autobús.

Resulta, como poco, curioso que por una parte digamos que el listón del control médico está muy bajo y sin embargo nos lo saltemos a la mínima que tenemos un impedimento para movernos con fluidez.

fracturaLas fracturas necesitan un largo proceso de curación durante el cual no se puede mover la zona afectada. Este proceso puede prolongarse por las complicaciones propias del traumatismo, pero también por otras causas.

La inmovilización y el reposo son la mejor receta para la reparación de los huesos y los tejidos. Si se pasa por alto este punto, el proceso de curación puede retrasarse todavía más.

Otro punto que caracteriza las fracturas es el dolor que sufre la persona que las padece. El dolor puede paliarse con analgésicos, aunque lo natural en la persona que sufre una fractura es buscar continuamente la posición que más le calme el sufrimiento.

Todos estos puntos hacen que la conducción sea una actividad incompatible con el hecho de tener un hueso fracturado.

Desde el punto de vista sanitario, la conducción obliga al conductor a moverse dentro del habitáculo: ocupando el asiento, accionando los mandos, observando a uno y otro lado del vehículo… De acuerdo, los pequeños movimientos necesarios para conducir no son comparables con el movimiento necesario para jugar un partido de fútbol, pero en cualquier caso la conducción no es equiparable al reposo, que es el entorno óptimo para que se produzca la regeneración de los tejidos dañados.

Desde el punto de vista de la Seguridad Vial, conducir con un hueso fracturado tiene varias implicaciones. La más evidente es la falta de movilidad. Si cuando pasamos el control médico que nos faculta para conducir nos presentáramos con un brazo escayolado, nos denegarían el certificado. Es así de sencillo: si no podemos movernos, no podemos conducir.

Otro punto que hay que tener en cuenta es el tratamiento del dolor. Si se produce con analgésicos, normalmente estos no serán un simple paracetamol, sino que se tratará de potentes fármacos que además de calmar el dolor calman todo el sistema nervioso, con el peligro consiguiente para los reflejos del conductor. Por otra parte, la búsqueda de una posición que mitigue el dolor puede distraer al conductor de la que tiene que ser su actividad principal, cuando no exclusiva: la conducción.

¿Cuál es entonces la alternativa? En primer lugar hay que pensar que interrumpir un tratamiento es la mejor forma de retrasar la recuperación. Y conducir supone interrumpir el tratamiento de una fractura. Así, cualquier alternativa será preferible a eternizar un proceso que ya es largo de por sí: transporte público, la ayuda de un familiar o conocido o simplemente el reposo, que casi todas las cosas se quedan en nada cuando las contrapesamos con nuestro estado de salud.

Vía | Médicos por la Seguridad Vial

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