
Domingo, 6:30 de la mañana. Cruce de carreteras cerca de un after. Dos coches acaban de chocar. Hay un par de jóvenes con heridas graves y atrapados dentro de los vehículos, y otros tres que han podido salir por su propio pie merodean por el trágico escenario todavía presos del shock. Al llegar los equipos de emergencia y tras atender a los heridos más graves, los sanitarios preguntan a los otros tres por su estado. “Nada, algún rasguño y algún golpe sin importancia”, cuentan los chicos.
Han pasado un par de días. Edu, uno de los chicos que salieron aparentemente indemnes del suceso, ahora se recupera del susto y visita a sus colegas en el hospital. Ya de nuevo en casa, Edu no come en todo el día, tiene alguna náusea y siente un dolor sordo bajo sus costillas izquierdas y su hombro. Se echa un rato en la cama. “Eso es de la impresión”, dice su padre sin darle mayor importancia.
El miércoles Edu pide que lo lleven a Urgencias porque el vientre le duele cada vez más y “no son los nervios”, asegura. En el hospital, los médicos le practican una TAC donde se aprecia una hemorragia en la cavidad abdominal. ¿El diagnóstico? Rotura del bazo en dos tiempos. Edu se salvará, pero a su alrededor todos se preguntan cómo es posible que esto pase y no se detecte enseguida.











