Sólo usamos un 10% de nuestra capacidad de circular de forma segura

El título de este artículo está inspirado en una de esas leyendas urbanas que, por muy absurdas que sean, y por muy desmentidas que estén por la ciencia, no hay forma de quitar del saber refranero popular.

Y es que por mucho que tengamos resonancias cerebrales que nos indican que las diferentes áreas del cerebro se activan para diferentes funciones (pero todas, al fin y al cabo), sigue fácil escuchar la afirmación que «sólo usamos un 10% de nuestro cerebro».

Es un sinsentido médico, biológico y evolutivo (la selección natural se ha arriesgado mucho para desarrollar nuestro cerebro como para después desaprovechar la mayor parte, hasta el punto que debemos nacer a media gestación para que nuestra cabeza pueda caber por el canal del parto). Desafío a cualquiera de vosotros que crea que esta afirmación es cierta a extirparse el 90% de su masa encefálica y demostrar que sigue siendo plenamente funcional…

Además, es una afirmación harto inconsistente. Si sólo somos capaces de aprovechar una décima parte de la capacidad del cerebro, en el fondo quiere decir que esa capacidad no existe. Si tuviéramos esa capacidad extra, deberíamos ser capaces de aprovecharla de alguna forma, por la definición de la palabra “capacidad”. Parece un trabalenguas,… pero pensarlo un poco. Si nunca la hemos podido usar, ¿cómo sabemos que existe?

Neuronas

Sin embargo, en el contexto de la seguridad vial, la afirmación cobra más sentido. Me explico. Hoy en día, es muy difícil pensar que un conductor no sabe como se supone que debe comportarse en carretera.

Lo afirmo teniendo en cuenta los exámenes que uno debe superar para obtener el permiso de circulación, la cantidad de señales que nos recuerdan como debemos actuar, con las campañas oficiales y privadas de concienciación. Y, sobre todo, los blogs de seguridad vial tan estupendos que se publican en internet.

Ahora bien, eso significa que todas las actitudes y maniobras potencialmente inseguras no se producen por desconocimiento. Son una elección. A veces consciente, a veces subconsciente… pero siempre inconsciente.

Los motivos de dicha elección pueden ser muy variados. Desde la necesidad de adrenalina, hasta el inconformismo con las normas sociales. Pasando por la prisa desmesurada. Sin olvidarnos de los simples errores de juicio. La casuística es inmensa, y ahora no nos detendremos a analizarla.

En cualquier caso, siempre habríamos podido elegir actuar de la forma más segura. La que nos enseñaron en la autoescuela. La que nos nos recuerdan las señales, campañas institucionales y los blogs estupendos de la red. Es decir, teníamos la capacidad de circular de forma más segura.

Al contrario de lo que decíamos antes sobre la leyenda urbana cerebral, la capacidad de conducir de forma segura existe. Pero elegimos no utilizarla. Estoy razonablemente convencido que los pocos que hayas seguido leyendo hasta aquí, es porque no estáis dispuestos a renunciar al 90% de vuestra masa cerebral. Entonces, ¿por qué renunciar al 90% de nuestra seguridad?

Fotos | Liz Henry, LoreleiRanveig