Sólo he visto lo que ha estado a punto de pasar

Un coche atravesando un paso de peatones

Hoy casi veo un atropello.

La verdad es que aun no se me ha quitado el susto del cuerpo. Y seguramente he sido el que más se ha asustado, ya que desde mi posición tenía a la hembra bípeda en primer plano, con el fondo borroso de un monstruo de cuatro patas redondas de goma que a cada latido de mi acelerado corazón se hacía cada vez más grande.

Pensaréis que sobre reacciono. Quizá. Pero supongo que es normal habiendo sido testigo de un atropello fatal hace ya algunos años (en aquella ocasión, sobre raíles).

Bueno, volvamos a lo ocurrido hace apenas unas horas. Nos encontrábamos en la orilla de un paso de peatones, esperando que el hombrecito de verde tuviera a bien iluminar su sonrisa para dejarnos pasar. Todo apuntaba a que estaba a punto de hacerlo, ya que el semáforo para los vehículos se puso primero ámbar, y después rojo.

Era de esos semáforos que tienen cierto margen de seguridad. Desde que se enciende la luz roja redonda para los vehículos a motor y hasta que se permite el paso a los peatones transcurren unos segundos. Tiempo ideado como medida redundante para asegurar la seguridad (valga la redundancia) de todos.

Pero por un defecto inherente al ser humano, lo que deberían ser segundos a conceder por bien de nuestra seguridad, se convierten en segundos a arañar al reloj. Y si un coche y un peatón tienen la misma idea, pues la cosa puede acabar tirando a mal.

Puestos a dramatizar, desde mi punto de vista la visión fue realmente escalofriante. En primer plano, la mujer. En segundo plano, a lo lejos, el coche. Inicialmente estaba en el carril izquierdo, el más alejado a la acera donde nos encontrábamos yo y la chica que casi es arrollada.

Casi simultáneamente al cambio del semáforo a ámbar, el vehículo en cuestión comenzó a cambiarse de carril, sin mostrar signo alguno de aminorar. Es decir, no sólo avanzaba, sino que cada vez se acercaba más a nuestra posición. En un plano digno de Hitchcock, parecía que venía directamente hacia nosotros, cruzando en diagonal la carretera.

Simulacro de atropello

Entonces se iluminó la luz roja redonda. Pero, como dijimos más arriba, los peatones aún no tenían vía libre. No obstante, mi compañera de acera dio unos pasos. Llegó hasta el limite de los coches aparcados, a menos de un suspiro de la calzada.

Yo, seguía viendo como el vehículo se arrimaba cada vez más a nuestra acera, y no hacía ademán de reducir la velocidad. Y, en efecto, jamás la redujo. Simple y llanamente, se saltó el semáforo ya en fase roja.

Pensé «¡avisala!». Pero mis labios no me respondieron. Tan sólo acerté a emitir un imperceptible respingo. Espero que nunca dependa la vida de nadie de mis cuerdas vocales…

En el último instante, la mujer retuvo su último paso (y nótese que en este contexto la palabra último adquiere cierta gravedad). No pasó nada. O, mejor dicho, pasó un vehículo veinte centímetros por delante de un peatón.

La mujer reaccionó de modo, para mi, sorprendente. En vez de pegar un salto hacia atrás, enfadarse o gritar, su rostro reflejó poco menos que incredibilidad. No abrió la boca para nada, pero sus ojos fueron más elocuente que cualquier verso isabelino. Me miró con una cara queriendo decir «¿has visto lo que acaba de pasar?».

Entonces, el semáforo de peatones se puso verde. Ya había transcurrido el tiempo de seguridad y era seguro cruzar la calle. Y en mi interior, el concepto de margen de seguridad cambió de significado para siempre. No era tan mala idea esperar unos segundos antes de dejar paso a los viandantes.

Como dije, nunca llegué a cruzar palabra. Pero si hubiera tenido que responder a la pregunta que formulaba su extrañada mirada, probablemente hubiera dicho algo del estilo «No, señora. No he visto lo que acaba de pasar. Sólo he visto lo que ha estado a punto de pasar».

Foto | Daquella manera, LatinSud