¿Que las distracciones matan? ¡Anda ya!

No way

Hace unos días el RACC daba a conocer un estudio según el cual los conductores españoles no valoran el riesgo de distraerse al volante. Tiene su lógica la cosa. Por el teorema de Perogrullo, si los conductores tuvieran claro el riesgo que supone distraerse cuando manejan un vehículo, pondrían todo el empeño del mundo en no distraerse cuando manejan un vehículo. Más que nada porque, en principio, uno de los instintos básicos de los seres vivos es el de mantenerse con vida.

Es decir, que la cuestión está en ser consciente del riesgo que conlleva distraerse mientras conducimos. Varias campañas han tocado ya este asunto y lo han planteado en términos de comparación (“cuando llamas por teléfono recorres tantos metros sin mirar la carretera”) o mostrando claramente las consecuencias de las distracciones (“esto es por echar un vistazo hacia los niños”, venía a decir aquel anuncio de la DGT).

Sin embargo, hay al menos un par de asuntos que no suelen encararse directamente. Por una parte está esa eclosión de la tecnología asequible que hace que a cada día que pasa tengamos un nuevo gadget que utilizado en mal momento nos puede distraer de nuestra actividad principal cuando estamos al volante. Por otra, tenemos los desplazamientos ligados al trabajo, que forman buena parte de la siniestralidad motivada por la falta de atención.

Móvil en el coche

¿Para qué negarlo? Convivimos con decenas de cacharros que nos reclaman continuamente la atención, muchas veces de forma inmediata y aparentemente inevitable. Desde el ya clásico móvil hasta las PDAs de última generación que nos hacen patatas fritas si se las pedimos, aunque en principio los gadgets sirven para facilitarnos la vida lo cierto es que cada vez estamos más por ellos y menos por lo que nos rodea.

Es una tendencia generalizada. Incluso aquellos que hace diez años se jactaban de que a ellos no los pillarían con la moda de lo tecnológico se tragan estos días colas kilométricas a la búsqueda del trasto más actual para quedar bien con los demás o para darse un caprichito personal, que la crisis pasa mejor cuando llevamos algún juguetito nuevo en el bolsillo. Y bien que hacen, que la vida son cuatro días.

Porque cuando hablamos de distracciones al volante vinculadas con la tecnología, la solución no consiste en volverse amish de repente. Simplemente hay que tener claro que mientras conducimos es mejor no emplear estos trastillos. Y si los tenemos que utilizar sin más remedio, que sea sin sacrificar nuestra seguridad. La solución, por tanto, viene de saber separar la distracción, que en principio no es algo negativo, con el hecho de conducir, que reclama toda nuestra atención.

Discusión en el coche

Claro, que la distracción puede venir por cualquier estímulo. Discusiones acaloradas mientras conducimos, pensamientos que nos ocupan por completo cuando estamos al volante y situaciones en las que la prisa, a menudo una prisa irracional, nos hacen olvidar que nos encontramos al pie del cañón en la realización de una actividad compleja en la que los elementos psicofísicos del conductor se entrelazan con la dinámica situación del tráfico, la vía y el estado del mismo vehículo.

Si tuviera que elegir un desplazamiento en el que esos riesgos se dan cita con absoluta facilidad, ese sería el traslado por motivos laborales. Desde el administrativo que acude a su puesto de trabajo a primera hora de la mañana, pasando por el comercial que vive literalmente dentro del coche hasta el transportista que se gana el pan llegando a tiempo a los sitios, cada vez que el estrés del trabajo se encuentra con un volante es como si nos acercáramos con una antorcha encendida a un polvorín sin vigilantes.

Es el paso último de la banalización del volante. En esos casos, la principal actividad del conductor no es conducir, sino llegar a tiempo, cerrar tratos, idear qué hará cuando llegue a su destino. Lo de menos es evaluar cuál es su estado físico y anímico. Lo de menos es observar lo que sucede a su alrededor. Lo de menos es prever las situaciones del tráfico. Lo que importa es la actividad que lo mantiene en su puesto de trabajo, sea el que sea. Y si su actividad se desarrolla a bordo de un vehículo, eso no importa.

Dicen los alcohólicos que el primer paso para superar su adicción es reconocer que la padecen. En el caso de las distracciones podríamos decir algo similar. Y mientras los conductores nieguen sus carencias en cuanto a la concentración, las estadísticas de siniestralidad seguirán como están. Un paso para llegar a la mejora de resultados consiste en acabar con la banalización del volante. Porque ni ciertas actividades son compatibles con la conducción ni la conducción debe intentar compatibilizarse con ciertas actividades. Y ahí tenemos otro teorema de Perogrullo que uno no comprende por qué cuesta tanto de aceptar.

Vía | RACC

Foto | Flickr (mahalie, Arkangel, Nate Steiner)

  • si señor lo confieso
    algun susto me he pegado no por distraerme con gadgets …que por culpa de no abrir ni la pantalla del movil me he ganado broncas mil…!!! mientras conducia, sino por ir pensando en lo mal que me siento con x persona o despues de saber que algo anda mal en el trabajo…es decir invasion de pensamientos, y sabeis lo que mas me ha asustado ?
    es que de los 3 o 4 sustos algunos podian haber sido muy graves: no interpretacion del semaforo en rojo, frenada del vehiculo que me precede…etc
    asi que como dice Josep no solo los gadgets sino cuando desaparqueis los coches aparcad la mala leche o los malor rollos …(parentesis: se conduce)
    en serio
    salut