¿Por qué es tan seguro un Fórmula 1?

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Si tú, lector, eres aficionado al deporte del motor, habrás visto accidentes espeluznantes a altísimas velocidades que se saldan con un piloto mareado, pero ileso. Y quizás habrás visto accidentes que, en apariencia, son muy leves, pero que terminan con el piloto en el hospital, lesionado, conmocionado y, en algunas tristes ocasiones, fallecido.

No solo hablamos de Fórmula 1, sino también de rallyes, carreras de resistencia, o carreras americanas (monoplazas, NASCAR…). Un aficionado medio puede ver cada año tremendos accidentes que terminan con coches destrozados, pulverizados, y pilotos con lesiones leves en el peor de los casos. ¿Cuáles son las razones de este aparente milagro? Y, ¿por qué otros accidentes que parecen más leves terminan en desgracia?

Si mi coche queda pulverizado, yo estoy más seguro

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En una colisión, la energía se libera de forma “explosiva”: mucha energía en poco tiempo. Como nos contaba Jaume en su extraordinario monográfico sobre la energía y la automoción:

El principio es muy sencillo: si la energía liberada por la colisión se emplea en cambiar la forma de la carrocería, no se empleará en cambiar la forma de los ocupantes, que suelen ser más difíciles de reparar e imposibles de remplazar.

Así que, si algo se deforma antes de que la energía “nos toque”, estaremos a salvo. El problema va a estar en que, por alguna razón, la estructura que nos protege no se deforme. Por ejemplo:

El piloto sale ileso, con leves contusiones. Todo el destrozo de la fibra de carbono, la rotura de las estructuras rígidas como los brazos de la suspensión, las vueltas de campana… salvaron su vida. En otro caso, como el caso reciente de Fernando Alonso en los entrenamientos de pretemporada en Montmeló, la aparente poca intensidad del golpe hizo que decenas de teorías de la conspiración brotasen, y se propagasen como la pólvora. Y, precisamente por esa falta de destrozo en el coche, y ese golpe lateral “tan tonto”, a Fernando Alonso le esperaba el hospital durante unos días.

Un monoplaza de este estilo cuenta con muchas claves de seguridad para el piloto:

  • Una estructura muy resistente, pero a la vez muy frágil, de manera que en caso de colisión se “pulverice” en miles y miles de pequeñas partes. Cada “rotura” es un punto de liberación de energía, que no llega luego al cuerpo humano.
  • Además, el sistema HANS que sujeta el casco de los pilotos, actúa también ralentizando la colisión, alargándola en el tiempo, de manera que absorba gran parte de la energía del impacto que afectaría al cuello del piloto.
  • Los arneses de competición sujetan al piloto con mucha fuerza (están muy tensos) y son arneses de seis puntos. Esto significa que en caso de colisión trabajarán mejor para mantener el cuerpo sujeto, a la vez que ayudan a “ralentizar” la colisión.
  • Los circuitos cuentan, en determinadas zonas con riesgo de colisiones a alta velocidad, con estructuras deformables (guardarraíles deformables). Esto, de nuevo, contribuye a ralentizar la colisión y que la energía se “libere” en otros lugares antes que en el cuerpo humano.

Con todo, nada es infalible al 100%. Existen “zonas muertas” en las que la energía de un impacto puede no liberarse correctamente, como pasó a Fernando Alonso en Abu Dhabi en 2013 tras un “inocente” saltito. O el caso más reciente de su accidente en Montmeló, por un “toque” lateral que no rompió nada, pero le provocó una conmoción cerebral.