¿Abordamos ya el problema sobre personas mayores y conducción o esperamos un poco más?

mayores y conducción

Uno de los grandes retos de futuro para la seguridad vial en todo el mundo tiene que ver con el progresivo envejecimiento de la población. La problemática sobre personas mayores y conducción preocupa, por cuanto se percibe que la merma de aptitudes psicofísicas que suele sobrevenir con el paso de los años se añade a un escenario cada vez más complejo, con mayores números de desplazamientos en un mundo cada vez más motorizado. Para este reto de futuro, se apela con frecuencia a la limitación de la conducción en función de la edad del conductor.

Sin embargo, vale la pena plantearse si esta supuesta solución es la más acertada. Para empezar, porque la salud de cada persona evoluciona de una manera y puede que lo que afecta a un conductor sénior no afecte a otro de la misma edad. Para continuar, porque cada persona tiene unas necesidades de movilidad concretas, y la prohibición difícilmente va a evitar que sigan existiendo esas necesidades. La concienciación es la vía, y para concienciar hay que partir de una base firme: por ejemplo, evaluando caso por caso las aptitudes de los conductores mayores.

mayores y conducción

Esta propuesta puede resultar chocante es un escenario como el que tenemos, donde no existe una cultura de evaluación continuada. Donde, de hecho, el conductor obtiene su permiso de conducir sin que esto le suponga ningún compromiso con la seguridad, donde las renovaciones del permiso a la práctica son poco más que un mero trámite y donde ni siquiera los médicos están facultados legalmente para determinar que a un conductor sería mejor apartarlo de la carretera, por su bien y por el de los demás. Donde la obtención del permiso de conducir se percibe como la acción de recibir un cheque en blanco, de por vida.

Mayores y conducción, un problema resoluble

La solución pasa por la formación y evaluación continuadas. No sólo de los conductores mayores de tal o cual edad, puesto que es absurdo plantear que un conductor de, pongamos, 69 años va a resultar apto por más tiempo que su vecino, de 70 años. Tiene que ser una formación y evaluación continuada… para todos los conductores.  Solamente los cambios normativos y los avances tecnológicos que han tenido lugar en los últimos 20 años ya justifican la necesidad de acudir a archivos de consulta para actualizar conocimientos como el que tiene Seguridad Vial para Mayores, por ejemplo. Pero no se trata únicamente de eso: también la salud es un punto clave que conviene controlar, si tenemos en cuenta el peso del factor humano en la seguridad vial.

En este sentido, los Centros de Reconocimiento de Conductores ya cuentan con toda una base procedimental sobre la que desarrollar su función. Como en todo proceso que tenga que ver con la normativa, tan importante es tener un texto sólido y bien articulado como llevarlo a la práctica con el necesario rigor. Quizá para el caso que nos ocupa, sería conveniente introducir mejoras específicas que abordaran el binomio personas mayores y conducción. Por ejemplo, un control más seguido en el tiempo no tanto ligado a la edad como a las dolencias observadas en cada caso, o incluso unos códigos de restricción de la conducción en condiciones desfavorables, en función de la persona concreta: por ejemplo, restricción a la circulación en horario nocturno, en días de grandes concentraciones de tráfico o por determinados tipos de vía de especial complejidad.

mayores y conducción

Pero no sólo se trata de que las evaluaciones periódicas se ajusten mejor a la realidad de las personas mayores. Esta es una tarea que debe ser abordada por el conjunto de la sociedad. En el ámbito de la salud, obviamente el papel de los médicos de familia es primordial, tanto en lo que respecta a su implicación como en lo que se refiere a las herramientas que la misma sociedad les tiene que otorgar. No es razonable cargar al médico con un cierto papel de concienciador vocacional si el profesional facultativo no cuenta con el apoyo del resto de los agentes sociales: desde los responsables de Sanidad hasta los familiares del conductor, pasando por los responsables de las empresas, en su caso. Ese apoyo se debe traducir en medidas de actuación concretas: ¿Qué hacer con un conductor mayor? ¿Cómo tratar el problema con la familia? ¿Qué hacer si no hay familiares que puedan hacerse cargo de la situación? Y así, hasta tejer un escenario claro en el que el profesional de la salud pueda ejercer como tal, y no como legislador de un protocolo inexistente.

La problemática sobre personas mayores  y conducción es global, y por eso debe abordarse desde una perspectiva tan amplia como sea posible. No es tanto una cuestión sobre unos conductores que son mayores y lo mejor que podrían hacer es dejar de conducir, sino un problema cierto que atañe a toda la sociedad y que irá en aumento. Con sus particularidades y sus especificidades. Cuanto antes se aborde, más adecuada será la solución que se tome.