Niños en la calle: el principio de incertidumbre

Niños

Un servidor, como Físico que es de formación, está íntimamente relacionado con el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg. Es un principio fundamental de la Física, que gobierna todo lo que pasa a escalas subatómicas. Sin embargo, nosotros los humanos estamos muy lejos de vivir en esas escalas tan pequeñas, nos gusta luchar contra la incertidumbre, que todo sea previsible. No obstante, los niños, como si humanos subatómicos fueran, desafían todo control.

En el ámbito de la seguridad vial la predictibilidad es fundamental para garantizar que nuestras maniobras no comporten más riesgos de los necesarios. Por eso tenemos un montón de normas que nos hacen fácil predecir lo que harán el resto de conductores. Sabemos que seguirán los carriles dibujados en el suelo; y tenemos unas lucecitas naranjas amarillo auto para avisarnos de que vamos a hacer algo fuera de lo común.

No obstante, también debemos estar preparados para aquello que no es previsible. Es más, es sumamente importante, imprescindible, estar preparados para lo imprevisible. Porque, por desgracia, el principio de incertidumbre es tan inviolable en los humanos como en las partículas fundamentales. Aunque la causa de la impredictibilidad en ambos mundos sea muy diferente.

Como digo, el caso de los niños es especialmente exagerado en cuanto a falta de predictibilidad. Probablemente a la carencia de la mezcla de consciencia y de conocimientos que nos hace saber cómo debemos comportarnos en cada momento, y sobre todo el porqué.

El avispado lector empezará a sospechar que digo todo esto porque me debe haber pasado algo con algún chiquillo por estas carreteras. Pues más o menos. Así, pues, voy a dejarme de tanta teoría y pasaré a compartir con vosotros la anécdota. Por delante, tranquilizar a todo el mundo; no ha habido daños (más allá de la reprimenda que recibió el chiquillo), ni siquiera un peligro real… pero podría haber sido muy diferente.

Niña

Yo estaba llegando al hogar después de otro duro día de trabajo. De hecho, estaba a la vuelta de la esquina, por fin. Es una calle de esas de pueblo, donde hay aceras que mucha gente no utiliza… supongo que porque están más lejos que caminar por la calzada. En este caso, no es que las aceras fueran especialmente estrechas, todo lo contrario.

Sin embargo, hay una cierta mentalidad de pueblo y mucha gente camina por la acera Y eso es lo que hacía una madre con sus dos retoños. Uno de ellos iba cogido de la mano, arrastrando un triciclo.

NiñosEl segundo crío, que no tendría más de 4 o 5 años, caminaba de forma casi apacible al lado de su (presunta) madre, aletargado. Al ver el panorama, yo moderé un poco más la velocidad. Ya de por si es una zona donde no se va muy rápido, pero reduje un poco más, por si acaso. La calzada es sobradamente amplia para pasar al lado de los peatones exiliados de la acera, pero la verdad es que desconfiaba.

De repente, cuando el morro de mi coche apenas estaba a 7 metros, el chiquillo que caminaba suelto despertó y dio un rápido quiebro cruzando la carretera. Yo, que ya estaba atento a la situación, detuve el coche ipso facto. La madre, asustada, corrió a sujetar a su zagal. Me miró a mi, parado a unos cuatro o cinco metros, y me hizo un ademán con la mano, probablemente en señal de disculpa.

Como todo parecía bajo control, yo arranqué lentamente. Sólo con el embrague. No pisé el acelerador hasta haber superado holgadamente la posición de los críos.

Desde luego, este caso fue todo un ejemplo del principio de incertidumbre aplicado a los niños. Por suerte, también es un ejemplo de que tener en cuenta lo improbable tiene sus ventajas y evita riesgos innecesarios.

En ese tramo de mi calle prácticamente cada día hay alguien caminando por la calzada, muchas veces incluyendo niños. Hasta la fecha, esta fue la primera vez que uno de ellos se cruzó por delante de mi camino… Las otras mil veces, yo lo único que perdí fueron dos o tres segundos por ir un poco más lento. A cambio de esos segundos, este día en concreto me ahorré de pasar un susto mucho más apurado…

Fotos | Mats Lindh, Matthew Roth, Ali Rahmati