Monotonía… al fin

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Recuerdo que hace más o menos un año, no sé exactamente en qué página, alguien apuntaba la peligrosidad del exceso de confianza en recorridos que realizamos demasiado a menudo. Yo comenté que tenía el carnet desde hacia demasiado poco como para acostumbrarme a algún recorrido.

Desde entonces, nuestra querida y maltratada tierra ya ha dado más de una vuelta al rededor del sol, y las cosas han cambiado. Hay trayectos que ya he realizado centenares de veces. Y que seguiré realizando varias veces por semana.

En este tiempo, las cosas han cambiado bastante. Recuerdo que al principio, cada vez que tenía que coger el coche era toda un acontecimiento. Un momento de excitación (en el buen sentido), algo esperado, y a la vez en cierta medida temido.

Había un ritual: comprobar la mejor ruta utilizando algún mapa online como Vía Michelin, programar el GPS y comparar el camino que recomienda con el de Internet, preparar el importe exacto de los peajes, calcular a que hora debería salir, ver si alguien ha aparcado en mi vado, y planificar la maniobra de salida dependiendo de como estén los coches en la acera contraria, intentar exorcizar mi mente todas las horas a los mandos de Gran Theft Auto,…

Ahora, todo es diferente. Simplemente, cuando tengo que salir, simplemente salgo. De hecho, nueve de cada diez veces tan siquiera utilizo el GPS. Y cuando lo hago, es porque voy a un sitio de los que no merece estar en mis direcciones favoritas (lo cual me hace plantear la verdadera utilidad de esta opción).

De hecho, el único pensamiento especial que puede cruzar mi mente al coger el coche es cierta preocupación, debida a que cada salida me pone un poco más cerca de tener que invertir en petróleo refinado.

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El trayecto que realizo más a menudo es de mi casa al trabajo de mi madre. Al mío propio (si es que estudiar un doctorado en Física se le puede llamar trabajo) suelo ir en transporte público. Es un viaje de unos 25 kilómetros, que se suele cubrir en algo menos de media hora.

Para paliar un poco la rutina, suelo alternar entre diversas variantes para el mismo destino. A veces tomo la parte de la autopista que es gratuita, y puedo elegir tres formas diferentes de llegar a ella. A veces hago todo el camino por carretera convencional.

Pero, en el fondo, la monotonía sigue siendo monótona. Ya conozco el camino, no hay solución. Y sí, como alguien ya apuntaba hace un año, eso puede conllevar riesgo de despistes.

Sin ir más lejos, el otro día me di cuenta de que no había visto ninguna señal desde hacía un bien rato. De hecho, no era capaz de recordar la última señal que había visto.

Bueno, vale, exagero un poco. Las señales están ahí uno quiera o no, lo que pasa es que seguramente las descartaba de forma casi subconsciente, ya no necesitaba adaptar mi comportamiento a la misma. Al menos esa era mi teoría… Hasta que miré el velocímetro del coche.

Realmente, el conocimiento de la zona puede hacer que dejemos de prestar la atención necesaria a las normas que en otro caso seguiríamos con consciencia. En otras palabras, estamos substituyendo las normas de conducta que solemos seguir por la experiencia en ese lugar concreto. Sabemos cómo podemos pasar de la forma más rápida con una aparente seguridad por conocer el lugar.

El problema, por supuesto, es que por mucho que conozcamos un lugar, lo que no podemos saber son los coches que están pasando por allí en el momento en concreto. O los peatones que van a cruzar… El tráfico es un sistema dinámico, cambia segundo a segundo.

El mismo stop cinco minutos después es completamente diferente. Y, de hecho, es fácil verlo: ¿cuántas veces en una rotonda hemos visto como el vehículo antes de nosotros podía pasar sin problemas, pero nosotros tenemos que parar para ceder el paso? Las condiciones han cambiado radicalmente en apenas unos segundos.

Dicen que la experiencia es un grado. No debería ser malo tener conocimiento del lugar por el que transitamos. ¿Cómo puede ser malo saber que la siguiente curva es más cerrada de lo que parece, o que aquel stop tiene mala visibilidad?

Lo que no podemos hacer es permitir que dicho conocimiento acabe pasando por delante de la conducción segura, sobre todo si en otras condiciones la practicaríamos sin dudar.

Porque ese hábito que hemos ido adquiriendo pasando cientos de veces por el mismo tramo, y que nos permite ganar dos segundos al reloj, puede funcionar quinientas setenta y tres veces. Pero si la vez número 574 causa un accidente, todas las anteriores no habrán servido para nada.

En consecuencia, a partir de aquél día estoy poniendo todo lo que puedo de mi para tomar cualquier traslado, por cotidiano y fastidioso que sea, como la responsabilidad que es. No es necesario llegar a la exagerada liturgia que relataba al inicio del artículo, pero sí poner todos nuestros sentidos en circular correctamente.

En definitiva, que la experiencia acumulada sirva para evitar riesgos, no para que nosotros mismos creemos nuevos peligros..

Foto | Libertinus, joana alegria