La comodidad de los pasajeros

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Uno de los motivos por los que no me suele gustar ir en autobús es porque es muy fácil que otro pasajero se vea proyectado hacia ti en cualquier curva o semáforo. Siempre es un momento embarazoso, ¿verdad?

Al final siempre hay alguien pega un grito quejándose al conductor por la brusquedad de la conducción. Normal, porque obviamente el conductor de un vehículo es el responsable de la seguridad de los pasajeros. Y eso también significa que debe procurar que el viaje sea lo más cómodo posible.

Si al ser transportados exigimos ese nivel de comodidad, lo normal es que cuando somos nosotros los conductores también nos esforcemos por ofrecerlo a nuestros acompañantes. Ya que han confiado en nosotros hasta el punto de poner sus vidas en nuestras manos, debemos procurar no traicionar esa confianza.

De hecho, no es que sea complicado adaptar la conducción un poco para aumentar la comodidad de los pasajeros. Se trata de hacer más o menos lo mismo de siempre, pero más suave. Sobre todo en todo cuando estamos cambiando de velocidad (y, recordad, un giro también es un cambio de velocidad; concretamente en la dirección de la velocidad).

¿Por qué los cambios de velocidad bruscos son incómodos? Pues por las mismas razones que citamos cuando hablábamos de cómo la carga puede convertirse en metralla en un frenazo. Al fin y al cabo, los pasajeros no son más que un tipo extremadamente valioso se carga.

Hay actitudes que no tienen porqué entrañar riesgo de accidente, pero que pueden resultar incómodas para los ocupantes. Por ejemplo, los acelerones en línea recta, sobre todo en coches de gran potencia. Os lo puedo asegurar de primera mano, tengo un amigo con esta manía. En cada viaje me daba varios golpes en el cogote. Y aunque estaba blandito, al final me acaba doliendo la cabeza.

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Otra de las cosas más incómodas para los pasajeros son los frenazos bruscos. Ahora que vamos todos atados, quizá la molestia sea algo menor. Antes, incluso corríamos el riesgo de dejarnos los dientes contra la guantera. Ahora por lo menos el cinturón nos retiene.

Vale, puede que en ocasiones sea inevitable pisar el freno a tope. Sin duda, es preferible incomodar de esa forma a los pasajeros que embestir al de delante que se ha detenido de repente, o que atropellar a un peatón demasiado valiente.

Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones es fácil prever donde puede ser necesario detenerse. Una rotonda, un ceda, un paso de cebra, un semáforo que lleva demasiado tiempo en verde… Si nos anticipamos a las circunstancias y frenamos desde lejos, gradualmente, mejoraremos y mucho la comodidad de los ocupantes. En este caso, además, también aumentaremos la seguridad: confiar en los frenos para salir de un apuro siempre debe ser el penúltimo recurso.

El caso paradigmático de incomodidad en el transporte son las curvas. Obviamente, no podemos cambiar el trazado de nuestras carreteras. Pero sí podemos cambiar la velocidad a la que tomamos cada giro. Simplemente dejar de acelerar unos metros antes de una curva cerrada, aprovechando el freno motor, no perderemos demasiado tiempo, y evitaremos que nuestros amigos acaben aplastados contra la ventanilla.

Mención aparte para las rotondas. Se pueden dar todos los posibles problemas que hemos mencionado. Al llegar, es posible que tengamos que hacer un frenazo para respetar la prioridad de los vehículos que se encuentran en la vía circular. Después, nos podemos ver obligados a pegar un buen golpe de gas para aprovechar un hueco no demasiado generoso.

En tercer lugar, obviamente, los giros cerrados que implica pasar por la glorieta. No sólo alrededor de la isleta central, sino también los dos giros a derecha para entrar y salir de la rotonda. Estaréis de acuerdo conmigo que este vaivén es de lo más molesto, sobre todo a grande velocidad. Como decíamos antes, si hay una rotonda, tenemos que trazarla, no hay más remedio. Pero, al menos, podemos procurar hacerlo de la forma más suave posible.

Está claro que la conducción suave es vital para la comodidad de los viajeros. El ejemplo más claro lo tenemos en las ambulancias, donde la vida del paciente puede depender de la estabilidad del transporte. Cualquier sacudida puede empeorar una herida, desplazar una fractura, o provocar un mal gesto de los paramédicos que intentan salvar vidas.

Por este motivo, es común ver como las ambulancias no van tan rápido como podrían cuando llevan al paciente dentro (no así cuando van a buscarlo, que obviamente pisan a fondo). Por bien que el resto de conductores hacen lo posible para facilitarlo, a menudo prefieren ir a una velocidad cómoda que les permita anticiparse a cualquier imprevisto sin riesgo de verse obligado a maniobras bruscas.

En definitiva, hacer la vida más cómoda a nuestros pasajeros no cuesta tanto. Sólo adaptar un poco nuestra conducción, teniendo en cuenta que ahora llevamos una carga más valiosa y delicada que nunca. O, incluso mejor, hacer que la conducción cómoda, segura y eficiente sea nuestro mejor hábito.

Fotos | bdjsb7, Finizio

  • Aprovechado el tema… como es posible que en un pais en el que con limitaciones de 30kph sea obligatorio llevar el cinturon se permita que la gente viaje de pie en autobuses que alacanzan los 80 kph en vias interurbanas (e incluso urbanas)

    Nuestros hijos van a ir al colegio en autobus con cinturon de seguridad en breve, si no lo hacen ya y yo que les pongo el pan todos los días en la mesa voy de pie, cual ganado en un mercedes grande y rojo pero sin ningun sistema de retención…

    En este caso somo carne de añón y nos podemos convertir en metralla facilmente