Hola de nuevo, gilí

Salida del sol en las islas Gili

En ocasiones tras alucinar con según qué maniobras, me gustaría poder detener el tráfico, acercarme a la ventanilla de un conductor y preguntarle «¿por qué has hecho eso?». Imagino que muchas veces la respuesta sería «para ganar tiempo».

Pero la gran paradoja es que, a menudo, las infracciones que se cometen «para ganar tiempo», en realidad representan un ahorro realmente paupérrimo. El ejemplo paradigmático es reencontrarse en la cola de un semáforo al que te acaba de realizar un adelantamiento in-extremis. En esas ocasiones, en la intimidad que me dan las ventanillas cerradas, me vienen ganas de saludar «hola de nuevo, gilí».

A mi, personalmente, me parece bastante ridículo tomar riesgos innecesarios para ganar tiempo. Si al final sale mal la jugada, la pérdida de tiempo puede ser mayor. No hablo sólo de siniestros totales, con consecuencias personales. Incluso un pequeño choque de chapa y pintura es una gran pérdida inútil de tiempo. Como mínimo, el tiempo de escribir el parte.

Puede que conducir prudentemente, en ocasiones, pueda acarrear pasar algo más de tiempo en la carretera. No sólo por moderar la velocidad (que, en definitiva, correr un poco por encima de los límites ahorra menos tiempo del que creemos). Me refiero a esos cinco segundos más por parar en un stop aunque parezca que no viene nadie, diez en un ceda por no aprovechar un hueco dudoso, treinta por no adelantar a un ciclista hasta llegar a una recta con visibilidad, etcétera.

Al final, igual sumamos un par de minutos en cada desplazamiento. En cualquier caso, ese tiempo no está perdido sino invertido en nuestra seguridad. ¿Inversión? Vale, ya sé que pensar así es difícil en un mundo tan materialista, donde se supone que una inversión debe pagar dividendos. Quizá ese es uno de los problemas de predicar seguridad vial, no produce resultados materiales visibles. De hecho, los intenta evitar: no hay nada más material que un amasijo de hierros.

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Lo que me parece más grave es que, como ya he dicho, la mayoría de veces estos arriesgados esfuerzos resultan inútiles. Por ejemplo, decidimos aprovechar un hueco más que dudoso a la salida de un stop… porque «creo que me da tiempo, y sino ya frenará él». A lo mejor hay un hueco mucho más seguro dos coches después. Así que en el fondo, a lo mejor ganamos cinco segundos.

En sí, esos cinco segundos ya son lo suficientemente escasos como para plantearnos si valía la pena. Pero, ¿en qué quedan si 200m más allá nos encontramos un semáforo en rojo? Pues en nada, se quedan en agua de borrajas.

El más testarudo me dirá «¿y si ha cambiado justo en esos cinco segundos?» Tras dedicarle mi mejor cara de pasmado, le recordaría que la mayoría de semáforos tienen un ciclo que ronda el minuto. Los de las grandes avenidas, probablemente más. Así que la probabilidad de que llegues en los cinco segundos antes de que cambie a rojo es de cinco entre sesenta. Es decir, una entre doce. ¿Vale la pena arriesgar en doce stops para que sólo una vez podamos evitar pararnos en la luz roja? El resto de veces, si nos íbamos a tener que parar, arriesgar no va a cambiar nuestra suerte.

Esto no sería un blog si no acabara contando una experiencia personal. Ocurrió en la carretera nacional II, en un tramo limitado a 80km/h con un carril para mi sentido de la marcha. A la salida de una rotonda, noté como un gran 4×4 hacía el amago de intentar cortar por el interior. Desistió. Frustrado, se quedó se quedó enganchado a mi culo.

La vista por el retrovisor daba hasta miedo. El morro de ese mastodonte inundaba toda mi luna trasera. Al cabo del rato, veo que algo se mueve. En el espejo interior ya no se ve nada. Mi acosador ha desaparecido. ¿Dónde habrá ido? Quizá ha torcido a la derecha por una de las diversas calles que dan a la nacional. Pues no…

Lo siguiente que vi fue desaparecer el sol. El enorme hipopótamo de tracción total me estaba adelantando por la derecha… Cuando, repito, sólo había un carril para nuestro sentido… y yo iba bien centrado en él. Hay que reconocer que el arcén era más que generoso, pero eso no lo convierte en un carril, ni en un sitio para adelantar. Sobre todo por que cincuenta metros más adelante desaparecía casi por completo.

Cuarenta segundos más tarde, otra rotonda. Al parecer había cierto tráfico, ya que había dos o tres coches esperando turno para entrar en mi carril. ¿Sabéis tras quien me tuve que detener? Pues sí, detrás del mismo fitipaldi, que con su excursión al arcén había conseguido la enorme ventaja de ganar un puesto en la parrilla de salida del gran premio de la siguiente rotonda. ¿Valía la pena?

En fin… señor del 4×4, aquí estoy otra vez. Hola de nuevo, gilí.

Foto | ((brian)), edans

  • Anoche, yendo a recoger a mi mujer al trabajo, me pasó algo parecido pero menos peligroso, en la Calle Aragó de Barcelona. Yo voy con mi limitador a 50 y a mi lado un Clk, que nada mas ponerse en verde aceleraba…me sacaba unos 50 metros de “ventaja” y se tenia que parar en el siguiente semaforo que…cambia a verde un poco antes de llegar yo……esto a todo lo largo de esa calle, que quien la conozca sabrá que no es cortita.

    Salu2

  • Esto es el pan nuestro de cada día.

    Para establecer la coordinación semafórica se tienen en cuenta dos cosas: distancia entre semáforos y tiempo de verde. Con estos datos de partida, fórmulas matemáticas y modelos gráficos (espacio-tiempo) se van tanteando distintas velocidades buscando aquella que permita atravesar al mayor número de coches, el mayor número de semáforos en verde.

    Estas velocidades no suelen ser inferiores a 35 km/h ni superiores a 45. Por lo tanto correr suele ser una estupidez y un gasto inútil (combustible, frenos, desgaste de piezas…) y, como bien ha dicho Jaume, un riesgo innecesario.