En las inmediaciones de los colegios

Bart Simpson

Suena la sirena que señala el fin de las clases lectivas y los niños (y no tan niños) salen cual alma que lleva el diablo. Es como abrir la Caja de Pandora y desatar tempestades que ni Thor sería capaz de apaciguar con su martillo. Ni Thor ni por supuesto los padres que esperan a sus retoños a la salida.

El cóctel que se forma en las inmediaciones de los colegios a estas horas son la suma de un montón de normas infringidas, desde las que se saltan los padres hasta las que menosprecian los conductores que por allí circulan porque ¿cuántos respetamos realmente la limitación de 30 existente en las zonas urbanas?

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Pocos, muy pocos. Para la mayoría tienen la misma utilidad que otra señal que les dijese que ahí hay un colegio en el que en un futuro pueden estudiar sus retoños, ni más no menos. ¿Puede ser un límite demasiado riguroso? Estoy de acuerdo, hay zonas y zonas. Por ejemplo, una avenida amplia con aceras anchas a sus lados y mediana, puede parecer excesiva. Pero claro, si nosotros como conductores ya fuésemos prudentes por instinto, no nos tendrían que marcar tan de cerca.

Si pensamos que la mayoría de los conductores circulan más próximos del sesenta que del cincuenta, la diferencia entre la velocidad real y la teórica es del doble. Algo tan sencillo como disminuir tú velocidad hasta cuarenta kilómetros por hora, por ejemplo, es suficiente para aumentar considerablemente la velocidad.

Pero claro está, no siempre los colegios están situados en zonas favorables. La afluencia de vehículos a una hora determinada colapsa las zonas de aparcamiento y todo el mundo utiliza el aparcamiento en doble fila, convirtiendo la calle en una fila de hormigas con conductores desesperados a sus mandos. Desesperados porque van a comer al mediodía desde sus puestos de trabajo y tienen que volver. Desesperados porque no llegan al colegio en el que estudian sus niños. Desesperados porque no les da tiempo a preparar la comida…

Tal cantidad de vehículos aumenta la posibilidad de accidente: puertas que se abren sin mirar, puntos ciegos en las inmediaciones de las esquinas, de las zonas cebreadas, entre lo propios coches. Y a todo ello se une la pequeña estatura de los quecos, que nos hace muy difícil verlos entre la maraña de chapa y cristal.

Aquí sí que hay que debemos aumentar todavía mucho más nuestra atención y recordar eso que estudiamos al sacarnos el carné y nunca hemos puesto en práctica: en caso de no tener suficiente visibilidad en un paso de peatones deberemos extremar la precaución deteniendo el vehículo si es necesario.

Porque los niños son como nosotros, impacientes, pero también impredecibles, juguetones, alocados, niños al fin y al cabo. Y ya que algunos progenitores no velan lo suficiente por ellos, no tendremos más remedio que hacerlo nosotros, ¿no?