En la puerta de mi casa

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Por definición, lo inesperado acaece cuando y donde no te lo esperas. Porque si se pudiera prever, entonces lo inesperado no pasaría. Pero pasa, en cualquier lugar. Incluso en la puerta de tu casa.

Lo que os contaré es, como siempre, una historia real. No ocurrió en la puerta de mi casa, literalmente. Pero como si lo fuera, durante diez años de mi vida he pasado por ese paso de peatones para coger el tren a diario. Y ahora, ya con coche, sigo pasando por allí al menos un par de veces por semana.

Mi madre y yo queríamos ir a un museo en la gran ciudad, uno de los más visitados de la región. Ya lo conocíamos, pero queríamos ver las seis impresionantes obras de arte que se han incorporado a la exposición en los últimos meses. Para evitar las molestias del tráfico, la dificultad de aparcar, el gasto de gasolina y peajes, decidimos ir en tren.

Podría hacer el camino hasta la estación con los ojos cerrados, si no fuera por la obligación de tener que esquivar regalos caninos y las obras que aleatoriamente van levantando los suelos de mi pueblo. Un paseo de menos de cinco minutos.

Al doblar la última esquina, a lo lejos nos parece ver una especie de tumulto. Al acercarnos, cada vez era más evidente que había ocurrido un accidente. De hecho, parece que fue apenas unos segundos antes de llegar nosotros. Aún había una señora en uno de los coches. Por suerte, empezaba a salir de él por su propio pie, con una de esas caras que no se te olvidan en la vida.

Afortundamante, parece que no salió nadie mal herido. Con aquella última mujer, los cuatro coches implicados ya estaban vacíos. No había nadie en el suelo, ni con apariencia de estar herido. Había gente al rededor hablando por teléfono, así que la ayuda ya estaba en camino. Así que lo mejor que podíamos hacer era no meternos en el medio y estorbar más. Cruzamos la carretera por el paso inferior.

Obviamente, la situación era bastante confusa. Todo el mundo que esperaba el tren estaba mirando. Los camareros del bar cercano se llevaban las manos a la cabeza. Los coches que habían quedado retenidos detrás de los accidentados no se atrevían a pasar.

¿Qué había podido pasar? Pues no lo sé, y la verdad es que es lo de menos. Pero una teoría que me parece plausible es la siguiente. El paso de cebra a la estación, además del paso inferior, tiene un semáforo de pulsador para aquellos que quieren cruzar por superficie. Lo más probable es que alguien que quería coger el mismo tren que nosotros lo accionara.

El primer coche de la cola debió ver el ámbar y preceptivamente decidió detenerse. Es probable que el conductor que le seguía pensaba que iban a alargar el verde como tantas otras veces. Iba demasiado cerca, y acabó desayunando maletero. A causa de la colisión por detrás, ambos coches hicieron la acordeón (como suele pasar en los accidentes ferroviarios), acabando parte de ellos encima de la acera, justo donde la gente espera para cruzar.

Por suerte, y una gran suerte, no se habían llevado a nadie por delante: la gente suele apelotonarse al borde de la calzada cuando el semáforo está a punto de cambiar. Quizá la salvación fue el hecho de que todo eso ocurrió en la acera de la estación, y no acababa de llegar ningún tren: la gente que quería cruzar iba hacia la estación, no salía de ella.

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Detrás de estos dos vehículos, probablemente venía otro que tampoco debía estar respetando la distancia de seguridad. Al ver la colisión que ocurría en sus narices, no pudo evitar dar el volantazo y cambiarse al carril contrario, embistiendo frontalmente a otro coche , justo encima del paso de cebra.

Esta última colisión, por suerte, debió ocurrir a baja velocidad. Los coches no estaban demasiado dañados, para ser un choque frontal. De hecho, si no fuera por los parachoques caídos y los capós algo doblados, casi parecía que los vehículos se estaban besando apasionadamente.

Al ver todo el mundo a salvo, no pude evitar decirle a mi madre el gran invento que son el cinturón de seguridad y el airbag. Sin estos elementos, probablemente estaríamos hablando de algo mucho más grave.

Aquí es donde se ve que nunca seré periodista. Pese a llevar una cámara encima, ya que íbamos a un museo, no tuve corazón para hacer una foto que enseñaros estando por allí la gente que acababa de sufrir el accidente. No tardó en llegar la policía autonómica, que rápidamente se encargó de reanudar la circulación de la forma más segura posible.

Por la noche, volviendo de la ciudad, salimos de la estación por ese mismo paso de cebra. Los coches ya no estaban, claro, pero no era difícil encontrar piezas esparcidas por la acera. La policía había marcado el contorno de los vehículos en el suelo, como muchas veces vemos en las películas.

A lo mejor, el accidente ocurrió de una forma muy diferente a lo que yo me imagino. Nunca lo sabré, y me da igual. Lo que estoy seguro es que ninguno de los cuatro conductores, ni de sus pasajeros, esperaba tener un accidente ese día. Si se lo hubieran esperado, seguramente el primero habría frenado de forma más paulatina. Si se lo esperaran, los que le seguían habrían respetado la distancia de seguridad. No se lo esperaban, pero sus vidas pudieron cambiar en la puerta de mi casa.

No puedo evitar estremecerme al pensar que si en vez de en tren hubiera cogido el coche, probablemente habría pasado por ese lugar a la hora a la que ocurrió el accidente. Hubiera podido estar en el mismo lugar que estaba el pobre que fue golpeado de frente por el tercer coche.

Fotos | javi valdes, del15xaviii_xavo

  • Se repite el mismo patrón que en cualquier siniestro vial “de chapa” que podamos ver. En el fondo, tanto da cuáles fueran las circunstancias precisas de lo que ocurrió. Tanto da, sí, porque por un lado sabemos que era evitable, y por otra parte… sabemos que volverá a ocurrir.

    Es la paradoja de la siniestralidad vial más común, que sucede porque los conductores quieren que suceda. Respetando normas y señales, es muy difícil que ocurra.

    PD: Pinta la puerta de tu casa, nen, que se ve muy ajada. 😛