El parahuracanes

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Hace unos días pude vivir una situación por primera vez, que supongo que para muchos de vosotros será bastante cotidiana. Sin embargo, debido a mi condición de conductor novel, para mi estaba prohibida hasta hace poco menos de un mes. Pero empecemos por el principio.

Resulta que mi coche no tiene aire acondicionado. O mejor dicho, lo tiene estropeado. La reparación probablemente costaría más del importe que aboné por el vehículo entero, así que decidí esperar hasta poder comprar un coche de verdad. Por lo tanto normalmente me tengo que aguantar con la ventilación forzada.

Pero en momentos de extremo calor, como hace unos días, no me queda más remedio que bajar las lunetas. Por supuesto, eso tiene un impacto bastante negativo sobre el consumo y la estabilidad (sobre todo si no se abren las lunetas de los dos lados). Pero peor sería el efecto de una deshidratación, ¿verdad?

Pues bien, el día del que os hablo, procuré mantener mi velocidad algo más reducida de la que normalmente llevaría en la autopista, compensando así el efecto de las ventanillas abiertas sobre el consumo. A apenas a 85 o 90km/h el ruido del viento entrando por las ventanillas ya casi no me permitía escuchar la radio. Bueno, daba igual, el pinchadiscos no estaba muy inspirado ese día.

Puesta de sol por encima del huracán Isidoro

Tras unos minutos, llegué a la altura de unos cuantos camiones gigantes, seguramente un transporte especial. Como resultado, la circulación en los dos primeros carriles era bastante lenta. Estuve tras ellos durante un rato, tampoco iban mucho más lento que yo. Pero finalmente, el carril de la izquierda quedó vacío y pensé que tampoco estaría de más adelantar la comitiva.

Una vez con la vía libre, decidí que era mejor completar el adelantamiento lo antes posible, más que nada para volver a la derecha en seguida, evitando crear un tapón a quien viniera por detrás. Así que aceleré un poco más. Además, tenía cierta curiosidad (¿científica?) por notar la sensación del viento a 120km/h.

A medida que iba ganando velocidad, cada vez podía escuchar menos cualquier sonido que procediera de dentro de mi coche. No es que quiera exagerar, pero tenía la sensación de estar conduciendo en medio de un huracán. Sinceramente, a priori no es que fuera una sensación desagradable. Pero después recordé los efectos que tienen los huracanes, y eso ya no lo vi tan apetecible.

Al llegar a mi dulce hogar, la curiosidad atacó de nuevo: me puse a buscar información sobre los huracanes. Encontré la escala de Saffir-Simpson, que clasifica las tormentas tropicales en función de su intensidad. Resulta que, irónicamente, yo tenía razón: una tormenta se considera huracán de clase uno cuando sus vientos sobrepasan de forma sostenida los 119km/h.

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Me parece un hecho bastante didáctico para entender la escala de fuerzas y energías que intervienen cuando nos desplazamos en coche. Resulta que cuando nos movemos a la máxima velocidad permitida en España, estamos generando a nuestro alrededor las mismas corrientes de aire que un huracán.

Un huracán de clase uno no es tan bestialmente destructivo como esos monstruos de clase cinco, como el infame Katrina por ejemplo. Pero si uno llegara hasta nuestras latitudes, lo más probable es que nos encerráramos en nuestras casas, en sótanos, o donde pudiéramos. Desde luego, no me parece el entorno más agradable donde ponerse voluntariamente. Y, mira tu por donde, en la carretera hacemos precisamente eso, aunque no nos demos cuenta.

Si los razonamientos clásicos contra el exceso de la velocidad ya me convencen lo suficiente (el hecho que el tiempo de reacción no disminuye, el tiempo de frenado aumenta considerablemente, la reducción del campo visual, el incremento cuadrático de la energía cinética, etc.), la verdad es que pensar en los huracanes me lo pone aún más fácil. Me pregunto si aquellos que argumentan que a 120km/h se duermen, ¿también serían capaces de echarse una siestecita en medio de un huracán?

Y yo que me pensaba que los coches llevan parabrisas, cuando resulta que lo que tienen es un parahuracanes.

Fotos | NASA (I y III), U.S. National Oceanic and Atmospheric Administration (II).