El largo camino de la Seguridad Vial

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Cuando nacemos y vamos creciendo poco a poco como bebés, otros guían nuestros pasos y nos enseñan lo que es el bien y el mal. Nuestros padres van inculcando en nosotros esa conciencia de las miles de normas de conducta, de seguridad y normas sociales. Es un proceso largo pero inadvertido al principio, en el que se sientan las bases de nuestro desarrollo.

Está claro que no sabemos nada de seguridad vial porque lo primero que aprendemos es a cuidar de nosotros mismos: o bien nuestros padres o bien la experiencia (“no tocar la plancha porque quema”) nos avisan de las actividades de más riesgo que nos podamos encontrar. Luego viene el momento en el que salimos solos a la calle, ya sea andando o en bicicleta. Y ahí es donde empieza a sonarnos un poco raro lo de la Seguridad Vial, porque entran en juego más actores.

¿A dónde querré llegar hoy? No quiero decir que la educación vial sea contra natura, nada más lejos. Solo que es algo que a priori nos es complicado. ¿Conciencia de los demás? ¿Anticipar las maniobras de otros? ¿No llega con que vaya por mi camino sin hacer “el ganso”? Nuevas normas, algunas de difícil razonamiento inicial (luego te das cuentas de que son lógicas) que lo que parece que hacen es que el camino sea más lento.

Circular seguro es algo que no se consigue a la primera. Es algo que necesita continuo aprendizaje, pero lo más importante es que inicialmente pide ser muy prudente, casi algo opuesto a lo que somos de adolescentes. Me acuerdo cuando tenía 16 años, solía salir mucho en bici y ser muy prudente. Pero un día no lo fui como siempre.

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Estaba dentro de un club deportivo, del que saldría en breve para volver a casa en la bicicleta. Como me gustaba correr con la bici, y dentro del recinto había un camino asfaltado bastante majo, decidí apurar la frenada a la salida, pasando al lado de la garita, para salir luego más lentamente y por el arcén. Nada raro, todo bastante controlado.

No pensé que la rueda trasera de la bicicleta pudiese rebotar en el desagüe que cruzaba la puerta, pero así fue y la bicicleta se levantó sobre la delantera, descolocándome un poco y haciendo que saliese hasta la mitad de la carretera sin control. Por esa zona no se iba precisamente despacio, pero hubo suerte y nadie pasó. Sinceramente, se me puso la personalidad de corbata, y me di cuenta que podía haberme hecho mucho daño.

Hoy, 16 años después, conduzco habitualmente y la mayor parte de las veces en autovía o carretera. Tengo un carnet desde enero que me acredita capacitado, soy prudente tanto como puedo, y aún así pienso en lo que me queda por delante cada vez que algo fuera de lo normal pasa a mi alrededor. La verdad es que me acuerdo de aquélla vez en la que no pasó nada (y que aunque parezco el abuelo Cebolleta con las anécdotas, fue cierta, y hubo más con la bicicleta que no me caben ahora) y comparo el control que tenía de la bicicleta entonces con el control que tengo del coche ahora. Y veo que mi yo de 16 años, con todo, gana en la comparación… de momento.

En Circula Seguro | Educación Vial para niños
Fotos | zenera, gabofr

  • danifernandez

    Vaya, algo parecido aunque un poco más bestia hice yo de pequeño con la bici. Y lo cierto es que no fui consciente del gravísimo riesgo de atropello al que me expuse hasta años más tarde. E igual hacen muchos menores… A veces pienso que llegar a mayor de edad es algo francamente dificil sin ser conscientes de ello, y que si hemos llegado ha sido por pura suerte en esos momentos cruciales.

    Es una de las razones por las que hemos de ser conscientes de que cuando vamos en coche somos el elemento más peligroso de la carretera, a excepción de camiones y buses, y por tanto deberíamos hacer la conducción más limpia y correcta posible, sin extrañas alteraciones.

    A veces creo que todos deberíamos caminar de vez en cuando, montar en bici, montar en moto, y en monopatín si hace falta, para cuando montamos en coche ser consciente de todos los problemas que pueden surgir si vamos a pasar al lado de alguno de los otros usuarios de la vía. Vamos a lo más común: la bici. Un ciclista se desestabiliza fácilmente con viento fuerte, o simplemente se puede caer y ocupar bien dos metros de carretera a su lado por una cuestión tan simple como una rotura de cadena. Y los conductores normalmente ni siquiera piensan en algo tan simple cuando pasan al lado sin dejar ningún margen de seguridad. Y es que eso se explica en la autoescuela, pero mientras uno no lo prueba por si mismo, parece que no aprende o no se entera.

    Y entonces llegamos a eso, al largo camino de la seguridad vial, y a que a mucha gente le cuesta mucho ponerse en situación de los demás. A veces parece que, por más que se explique, uno no se da cuenta de las cosas hasta que las prueba. Aprender estas cosas de manera teórica es posible, pero requiere una habilidad y un ejercicio de mentalización que no parece innato en el ser humano. En principio, sólo miramos nuestra seguridad (bueno, algunos ni eso). Qué difícil el camino de ver por la seguridad de los demás…

    Saludos 🙂 (:

  • Antonio Serrano

    El problema estriba en la percepción del riesgo: alto hacia los demás y nulo hacia nosotros mismos. Es decir, cuando pregunto en una formación por los riesgos que existen en la conducción, la mayoría se decanta por las carreteras, el clima o los restantes conductores… sin incluirse en ese grupo. ¿Y nosotros? Nosotros formamos parte del conjunto “restantes conductores”. También nosotros somos un riesgo, cuando menos potencial, para otros. Pero eso no lo percibimos. Hasta en la carretera más aburrida, más solitaria, mejor trazada, me obligo a recordar que soy imperfecto, que cometo errores y que conducir es la actividad de mayor riesgo que realizo en mi vida. Y cuando no conduzco también: si cruzo a lo loco, estoy dando un mal ejemplo al niño que me observa desde el otro lado de la acera. Si no respeto el semáforo en rojo porque voy en bici, ¿qué opinión se formarán los automovilistas de los ciclistas?

    Como dice danifernandez: la clave es la empatía, ponerse en el lugar del otro, salvando ese falso anonimato que nos proporciona el coche.