El ángulo muerto: ‘Me ves, ya no me ves’

El ángulo muerto: 'Me ves, ya no me ves'

Dicen que el sentido de la vista fue una de las mayores dudas de Darwin al apostar por su teoría de la evolución. No fue hasta que encontró especies marinas con ojos menos evolucionados en que realmente se convenció de su propia hipótesis. Para el homo sápiens, la vista es el principal mecanismo de obtención de información del entorno, hasta el punto que al conducir extendemos el campo de visión mediante espejos a modo de retrovisores. Pero no llegan a proporcionar una visión omnidireccional, siempre queda un ángulo muerto.

El motivo por el cual existe un ángulo muerto a cada lado del vehículo es puramente geométrico. El campo de visión extra proporcionado por los retrovisores queda delimitado por la linea recta que nace en nuestros ojos, se refleja en cada uno de los bordes del espejo y se extiende hacia atrás. Todo lo que queda fuera de esta región es invisible para el conductor.

El ángulo muerto: 'Me ves, ya no me ves'

Al ser una limitación que procede de la propia geometría, es esencialmente inevitable. Se puede mitigar en buena parte con la visión directa, girando la cabeza. Pero tampoco podemos estar mirando al lado todo el rato, ya que la atención del conductor tiene que estar en lo que tiene al frente. Además, la propia estructura del vehículo bloquea gran parte de la visión.

Esto último debe ser especialmente cierto en los vehículos pesados. Por eso, a menudo incorporan más y más espejos con diferentes formas que les ayudan a cubrir el inmenso espacio que queda a sus laterales. Pero acabar poniendo una miríada de espejos a los laterales del vehículo cual orejas de elefante tampoco es la solución. Al fin y al cabo, la atención del conductor no se puede repartir entre tantos focos.

Más allá de las ayudas electrónicas (que ya han sido tratadas en Circula seguro), en realidad, posiblemente la mejor solución está en utilizar otro órgano, además de los ojos, realmente maravilloso que tenemos los seres humanos (incluso los conductores, aunque a veces no lo parezca): el cerebro.

Ello es cierto tanto para el conductor que se ve en la tesitura de mirar a los lados porque desea realizar una maniobra que implica el desplazamiento lateral, pero también a los conductores que deben ser vistos por el primero.

El ángulo muerto: 'Me ves, ya no me ves'

Me explico: al final, todo esto del ángulo muerto es importante porque en la carretera no estamos solos. Si los estuviéramos, hacer un cambio de carril o un giro seria la mar de sencillo, no tendríamos que estar atentos más que a la trazada de la carretera.

Pero, como queda patente cada mañana en las entradas de las grandes ciudades, estamos bastante lejos de tener las carreteras para nosotros solos. En ese sentido, cada vez que un vehículo quiere hacer un cambio de carril (o girar sin estar en el carril más exterior, las pocas veces que algo así está permitido), puede haber por lo menos dos conductores implicados: el que quiere realizar la maniobra, y el que puede estar ocupando el espacio por el que tiene que transcurrir esa maniobra.

Obviamente, la obligación del primero es señalizar lo que va a hacer, y cerciorarse que puede hacerlo mediante todos los medios a su disposición. No obstante, el otro conductor siempre tiene de su mano ayudar a que todo el proceso sea lo más seguro posible evitando ponerse en el punto muerto.

Porque, en definitiva, todos los conductores con cierta experiencia, y no hace falta mucha para ello, son conscientes de qué direcciones son difíciles de observar desde el asiento de delante a la izquierda.

Está claro que es inevitable en cierta medida pasar por esos lugares durante breves instantes de tiempo, por ejemplo al adelantar. Pero lo que si es evitable, e incluso diría que inexcusable, es permanecer en ellos durante más tiempo del necesario. Al fin y al cabo, si yo me meto en el ángulo muerto de otro conductor, significa que estoy más bien por detrás de él, cerca de un flanco. Lo cual significa que yo lo veo por delante de mi, que es la zona del vehículo donde mayor visión tengo.

Es decir, lo estoy viendo claramente, y me puedo dar cuenta del peligro que estoy ocasionando: si el otro vehículo de repente realiza un desplazamiento lateral, tendrá dificultades para verme. Ahí es donde yo puedo decidir hacerme visible, u optar por la jugada del presdigitador: “me ves, ya no me ves”.

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Esto es especialmente arriesgado en zonas con tráfico más bien denso donde se circula en flujos de multitud de vehículos que avanzan prácticamente al mismo ritmo. Por ejemplo, en ciudad. En estas circunstancias, es bastante probable que dos o más vehículos acaben circulando casi en paralelo.

Normalmente todos los conductores son más o menos conscientes de que están circulando al lado de otros. Ahora bien, siempre hay que mantenerse en guardia, ya que las condiciones del tráfico son cambiantes e impredecibles para un conductor.

Ilustremos lo dicho con un ejemplo. Circulamos por la derecha en una avenida de dos carriles. En el último semáforo vimos que salía un coche por nuestra izquierda, que por algún motivo se quedó un poco atrás. De repente, nosotros tenemos que cambiarnos de carril.

Un rápido vistazo al retrovisor y no lo vemos. ¿Donde está? Bueno, imaginamos que debe haber girado en la anterior calle. Error: se había quedado en el ángulo muerto. Uno nunca puede asumir nada, no debería imaginar que un vehículo desaparece simplemente porque tengo dificultades para verlo.

Por supuesto, realizar el cambio de carril de forma paulatina y suave siempre da más tiempo para ver obstáculos que habían quedado en el ángulo muerto; e incluso de que el otro vehículo nos avise haciendo uso de luces o claxon (que para eso sirve).

En esta situación hipotética, de llegar a producirse una colisión, no importa quien hubiera resultado legalmente responsable (probablemente nosotros al cambiar de carril imprudentemente). Lo relevante es que ambos habríamos sufrido un accidente. Pero ambos podríamos haber ayudado a que no llegara a producirse una situación de riesgo: nosotros no deberíamos haber actuado en base a una suposición, y él podría haber evitado quedarse en el ángulo muerto de mi campo de visión.

Foto | Michael Gil, Jeremykemp, diveofficer, Corey Butler

  • Yo miro como al menos 2 veces antes de cambiarme de carril. La razón es muy simple, ya me lleve una ostia recien sacado el carnet, aunque era culpa de un amigo ademas de ello que decia que no venia nadie… en fin.

    Por cierto, alguien sabe donde comprar unos espejos de esos canijos que se añaden al retrovisor. Como en autoescuela vamos…

    ¡Un saludo!

  • Daniel

    hola, muy buen post; yo soy conductor profesional y se muy bien cuán peligrosos son los ángulos muerto; te escribo para preguntarte algo, a qué te refieres en la parte que dice que el campo de visión extra proporcionado por los
    retrovisores queda delimitado por la linea recta que nace en nuestros ojos y que el ángulo muerto es algo geométrico.

    Saludos cordiales desde Ecuador.