Contaminación y enfermedades: motivos para el cambio en la movilidad

Mujer con mascarilla contra contaminación

La contaminación derivada del transporte es uno de los mayores problemas que las ciudades del siglo XXI afrontan. Tratar de ignorarlo o minimizar sus consecuencias forma, cada vez más, parte del pasado. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha venido transmitiendo su preocupación a golpe de cifras. Así, os hemos contado ya que 80.000 personas en Europa y en torno a 7 millones en todo el mundo fallecen debido a la contaminación atmosférica, de la cual el tráfico rodado es responsable en más de un 40%.

La situación es especialmente grave en algunos puntos del globo, como en China. Este país arrastra más de un millón de muertes asociadas al año, con unas perspectivas de futuro de lo más desalentadoras. Para combatir las emisiones del transporte, hay abiertos dos frentes principales, centrados en la evolución de las ciudades y en la de las motorizaciones. Vamos a detenernos en estas últimas para entender por qué el humo de los tubos de escape ha de preocuparnos.

No se trata de sembrar la alarma, sino de ser consecuentes con que los propulsores que han venido reinando en la automoción hasta ahora han de evolucionar. Lo han de hacer para tratar de esquivar los efectos nocivos de la contaminación, como por ejemplo, los que vivimos en un atasco.

¿A qué llamamos contaminación?

Como ocurre en otras áreas, solo el tiempo y el esfuerzo de muchos investigadores está haciendo que se descubran las consecuencias para nuestra salud de los agentes contaminantes. Hasta hace poco, habíamos vivido una situación en la que no existía una urgencia excesiva por analizar la relación entre el humo de los tubos de escape y la aparición de ciertas enfermedades. De hecho, a día de hoy, siguen descubriéndose nuevos males asociados a la contaminación que producen los motores de gasolina y diésel.

De este modo, podríamos definir la contaminación como la introducción de sustancias u otros elementos físicos en un medio que provocan que éste sea inseguro o no apto para su uso. En el caso del transporte, esas sustancias o culpables llevan tiempo fichadas.

Antes de comenzar identificando las sustancias sospechosas habituales, hay que tener en cuenta que la división entre las dos motorizaciones térmicas reinas, las de explosión (MEP) y las de comprensión (MEC) importa en este caso. El diésel está siendo demonizado en la actualidad, en comparación con los coches movidos por gasolina. Si bien es cierto que los motores diésel se lo han y siguen ganando a pulso, existe una serie de factores (como el del downsizing) que hacen que tengamos que tener cuidado a la hora de afirmar que un motor contamina más que otro.

Dióxido de carbono (CO2)

El dióxido de carbono es consecuencia de la combustión de los combustibles que contienen carbono. El carbono se combina durante esa operación con el oxígeno aspirado. En este caso, no posee una efecto negativo de forma directa para nuestra salud. No obstante, sí que afecta propiciando que proliferen otras sustancias que sí lo son, como el ozono (O3).

Tubo de escape

En cualquier caso, la preocupación principal asociada a esta gas es la de elevar la temperatura media del planeta. La industria ha venido utilizando las emisiones de este gas como uno de los parámetros para saber cuánto contamina un vehículo. Sin embargo, es necesario tener en cuenta muchos otros factores para determinar esto, sobre todo si comparamos los motores diésel con los de gasolina.

Óxidos de Nitrógeno (NOx)

Los óxidos de nitrógeno son el fruto de la combinación entre el oxígeno y el nitrógeno. Van asociados al diésel pues surgen por las altas temperaturas y presiones de estas motorizaciones. Es uno de los agentes más nocivos, pues provoca una fuerte irritación del sistema respiratorio.

Hablamos de que es causante de enfisemas, bronquitis y, en altas cantidades, puede derivar en problemas cardíacos. Del mismo modo, se ha demostrado que en concentraciones como las que se dan en las ciudades propicia que se incrementen los ataques de asma. Su exposición también está relacionada con varios tipos de cáncer, como de pulmón o colón.

Al contrario que ocurre con el dióxido de carbono, ha habido que esperar hasta los últimos años para que se tomen medidas en las ciudades europeas cuando se detectan niveles elevados de este gas. Son lo que conocemos como actuales protocolos de contaminación.

Monóxido de carbono (CO)

Es consecuencia de la combustión incompleta de combustibles que contienen carbono. El monóxido de carbono, una vez en los pulmones, reacciona con la hemoglobina en lugar del oxígeno, para formar carboxihemoglobina. Es letal para la salud humana, pero solo en cantidades muy elevadas.

Según la exposición, puede afectar en mayor o menor medida a personas con enfermedades coronarias, por su interferencia con otros agentes contaminantes. Otros efectos conocidos son la disminución de las funciones neuroconductuales, menor peso en niños recién nacidos y retardo en el desarrollo de los bebés.

Dióxido de azufre (SO2) y Plomo (Pb)

Azufre y Plomo son elemento peligrosos para la salud humana. Eso sí, tenemos menos razones para preocuparnos de sus emisiones a través de los tubos de escape. Por una parte, el dióxido de azufre interviene de forma reducida en los gases de escape.

Se puede disminuir además disminuyendo el azufre en los combustibles. Por otra, el Plomo ha desaparecido al completo de los carburantes, como hemos podido ir comprobando desde los años 80 con la oferta de combustibles sin plomo.

Hidrocarburos (HC)

Como podemos intuir por su nombre, son restos no quemados del combustible. Son consecuencia de una combustión incompleta. Afectan a la salud causando irritaciones mucosas, dificultades para respirar y enfermedades crónicas del aparato respiratorio.

De igual modo, afectan al medio ambiente de forma muy considerable. Es uno de los grandes culpables de las boinas de contaminación que vemos en las ciudades, técnicamente denominadas como Esmog fotoquímico. Al propiciar la producción de metano, afectan al calentamiento global de forma mucho más considerable que el dióxido de carbono.

Partículas en suspensión (PM)

Las PM, particulate matter o partículas en suspensión son consecuencia de la combustión diésel. Se presentan en forma de hollín o cenizas. El estudio sobre los efectos que causas sobre la salud humana todavía está en una primera fase. En cualquier caso, las primeras consecuencias descubiertas no traen buenos augurios.

Partículas en tubo de escape

Son responsables de aumentar los niveles de colesterol, transformando el llamado colesterol bueno en malo. Y no solo eso, también se relacionan con el autismo o la reducción de nuestras capacidades cognitivas.

Su estudio y prevención tiene que ver mucho con su tamaño. Hasta el momento, existen mediciones y filtros anti-particulas contra las PM10, cuyo cuyo diámetro aerodinámico es menor que 10 µm (1 micrómetro corresponde la milésima parte de 1 milímetro). No obstante, las autoridades existen en un formato aún más microscópico, de PM2,5 y son igualmente perniciosas para la salud.

El problema en este caso es que las autoridades todavía no han fomentado la medición de las PM2,5 y mucho menos la instalación de filtros para evitar su liberación de las motorizaciones diésel.

Ozono (O3)

El ozono no sale de los tubos de escape de los coches, pero el aumento de sus niveles está relacionado con los mismos. Es igualmente perjudicial para la salud humana, por eso muchas autoridades no dejan de incluirlo en las mediciones de agentes contaminantes.

Aparte de las complicaciones respiratorias que acarrea, las últimas investigaciones demuestran que puede afectar a la fertilidad femenina. Según un estudio de la Universidad de Pennsylvania, la exposición al ozono reduce los niveles de progesterona y afecta a la ovulación con consecuencias negativas.

Precisamente, el aumento de la infertilidad es uno de los grandes males latentes de nuestros tiempos. Es temprano para culpar a la contaminación del aire porque no existen estudios definitivos en esta área. Sin embargo, los investigadores actuales están prestando especial atención a la presunta relación.

Concienciación frente a paranoia

No es poco habitual para algunas ciudades tener niveles elevados de estas sustancias. De ahí que muchas autoridades hablen de precaución a la hora de exponernos a estas, con recomendaciones como la de no hacer ejercicio, dirigidas sobre todo a grupos de edad como son los niños o los más mayores.

Otro factor clave que determina su exposición es la hora del día. Al contrario de lo que podemos pensar, algunos agentes se encuentran más presentes horas después de haber sido emitidos. Por eso el período más crítico suele ser la tarde-noche. Quizá por eso también se ha relacionado la contaminación con las dificultades para conciliar el sueño.

Los Angeles en plena hora punta

Existen numerosas apps y sitios webs donde podemos encontrar qué niveles de contaminación existen en nuestra ciudad. Estas son útiles para tratar de evitar los puntos más complicados de contaminación, si es que está en nuestra mano.

En cualquier caso, este tipo de contaminación no implica un grave riesgo inmediato medido en segundos o minutos. Es más la exposición a largo plazo y a niveles elevados de las sustancias mencionadas lo que debe preocuparnos. Es igualmente una cuestión de seguridad sanitaria derivada del transporte, que dispara el gasto en salud de muchos países.

Lo primordial en este asunto es fomentar la concienciación en nuestra sociedad, apostando por unas ciudades más limpias y prestando más atención a las recomendaciones de la OMS. Estas no han sido una prioridad hasta hace poco y deben serlo, pues no es algo que afecte solo a China.

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