Ciclistas, y los ojos en las sienes

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Dicen que los ojos obsesionaban al gran Darwin. El hombre pensaba que eran tan maravillosos que desafiaban la teoría de la evolución que había estado desarrollando, algo tan genial parecía obra divina. Sin embargo, acabó encontrando organismos con ojos menos desarrollados, lo que le permitió establecer la evolución de tan maravilloso instrumento de observación, según su consabida selección natural.

Y es que la naturaleza es sabia, mucho más de lo que pensamos. No sólo ha dotado de ojos a todo el reino animal, sino que además los ha colocado en el lugar donde más útiles pueden ser. Por ejemplo, los animales herbívoros, que no necesitan una gran visión frontal para comer plantas (ya que éstas están inmóviles), y suelen ser presa de los carnívoros, suelen tener sus ojos a cada lado del cuerpo, lo que les permite una visión periférica mayor, pudiendo vigilar con facilidad sus depredadores.

Por otra parte, los animales que se ven en la obligación de cazar suelen tener los ojos delante, en la cara. De esta forma, pueden clavar la mirada en su presa. Al ver lo que tienen por delante con ambos ojos, la visión estereoscópica les permite calcular mejor las distancias. No son reglas perfectas, pero por lo general se cumplen.

Nosotros, homo sàpiens del siglo XXI, pertenecemos más bien al segundo grupo. Quizá si hubiéramos sido comedores de hojas, ahora tendríamos los ojos en las sienes, lo cual seguramente cambiaría bastante la elección de Miss Mundo.

En la circulación, el hecho de tener los ojos delante de la cara es bastante conveniente. Nos permite centrar nuestra atención en la dirección hacia la que nos movemos, que obviamente es lo más importante. En ese sentido, nos comportamos como depredadores, miramos fijamente nuestro destino.

Pero a nadie se le escapa que, a menudo, también nos podemos sentir como presas. Y, como tal, necesitamos observar nuestro entorno para realizar ciertas maniobras con la suficiente seguridad. Nuestro ingenio nos ha permitido desarrollar mecanismos para observar lo que nos rodea. Y como los ojos de una vaca, los retrovisores están a los lados del puesto del conductor, no delante de él.

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Con todo esto, me llama poderosamente la atención que el vehículo aparentemente más débil que puede circular por nuestras carreteras, el más susceptible de convertirse en presa de los depredadores motorizados, es el único que no lleva retrovisores. Estoy hablando de las bicicletas.

La situación se hace más incomprensible si lo comparamos con el resto de vehículos a dos ruedas. Según me comenta Josep por vía interna, las motocicletas están obligadas a llevar espejos a ambos lados, aunque pueden ahorrarse el derecho si no superan los 100km/h (cosa que tampoco entiendo, los 100km/h sólo se pueden superar de forma sostenida en autovía o autopista, donde se supone que el tráfico es más ordenado que en ciudad, y nadie te puede adelantar por la derecha; pero ese es otro tema).

La comparación con los ciclomotores es, si cabe, aún más sangrante. Recordemos que los vehículos con matricula vertical amarilla siguen prácticamente los mismos principios de circulación que los ciclistas. Igual que ellos, deben ocupar el arcén siempre que sea posible. La mayor diferencia es que no pueden ir en fila de a dos. Sin embargo, al contrario que las bicicletas, están obligados a montar, por lo menos, el retrovisor izquierdo.

Como siempre que hablo de ellos, debo reiterar que el colectivo ciclista tiene toda mi admiración y respeto. Ojalá pudieran desarrollar tan bonito deporte en vías segregadas, sin tener que compartir el asfalto con máquinas motorizadas que, a menudo, no tiene en cuenta la extrema debilidad de la vida humana desprovista de carrocería.

Es por este motivo que me parece preocupante que pedaleen de espaldas a lo que les viene. Como el ciervo que intenta huir de un leopardo, verlo venir no garantiza la solución a todos los problemas. Pero, al menos, le da una oportunidad más.

Fotos | Tetsumo, Luis Hernández