Adiós a las clases teóricas

Aula de autoescuela

Conductores… las clases teóricas… han muerto.

Ya nadie se molesta en acudir a clase con su libro y escuchar a un profesor desarrollando el tema de turno, debatiendo al respecto con la esperanza de que los conceptos queden bien asimilados o presentando ejemplos prácticos que se dan en nuestro día a día. Es más, nadie se molesta ya en dejarse la muñeca marcando respuestas correctas en cuestionarios programados que comienzan profundizando en cada unidad y se van mezclando en exámenes de distinta dificultad hasta llegar a los realmente duros, aquellos que nos dicen si estamos o no preparados para enfrentarnos a la jefatura de turno y pasar la parte teórica del permiso.

Hoy en día las autoescuelas han descubierto el otro uso que pueden darle a esos test manuscritos y mecanografiados que toda la vida han utilizado para demostrar al alumno, los días previos al examen, a qué se iba a enfrentar. Ahora las autoescuelas sólo disponen de esos cuestionarios, pero ya no están manuscritos ni trabajados a máquina, sino que se compran a empresas que profesionalmente se dedican a recopilar las preguntas. Con ordenadores táctiles consiguen que el alumno memorice las preguntas que con mayor frecuencia entran en el examen, sin importar si son capaces de comprender o no su significado y obviando la parte restante, aquella en la que la Dirección General no pone tanto empeño. De esa forma consiguen acortar considerablemente el tiempo que tarda un aspirante en obtener el permiso, y es que, trabajando dos horas diarias durante semana y media uno puede memorizar más que de sobra los veinte exámenes que Tráfico tiene en su jefatura. Práctico, pero incompatible con la seguridad vial y con la ética de cualquier formador conocedor de que la educación es la única forma de mejorar la situación actual.

Esto implica que las clases teóricas ya no existan. En algunos lugares tienen la suficiente mala conciencia como para dejar al cargo a una persona conocedora del reglamento; en otros ni tan siquiera habrá un profesor para resolver las dudas. Cómo la gente al final se adapta a lo que recibe, creyendo que no hay otra forma de hacer las cosas, cada día se extiende más esta oportunidad de negocio fácil, alimentada sin duda por aquellos que por haber sido mal educados social y vialmente no llegan a percibir la peligrosidad del asunto.

Los empresarios buscan siempre atraer ganancias y para ello actuarán de la forma en que los clientes les pidan que actúen y, sólo con la concienciación de los futuros aspirantes para entender que la prisa por obtener el permiso no es más importante que sobrevivir en el laberinto del tráfico, donde los errores pueden ser fatales 1, conseguiremos volver a los sistemas tradicionales de enseñanza, si bien apoyados por medios técnicos y tecnológicos recientes que proporcionen una mejora considerable del método didáctico.

Una paradoja más de este país donde, la Dirección General de Tráfico se declara defensora de unos principios y, sin embargo, sus mediadores, los centros de formación vial, se declaran más interesados en el dinero que en cumplir con su cometido. Afortunadamente aún quedan autoescuelas en las que uno puede acercarse a la seguridad vial y no al más ruín negocio.

 

1. Paloma Orozco Amorós (2006). En el país de las señales. Madrid: PONS Editorial.

  • Gran parte de la mala formación de los alumnos viene dada por la manía de Tráfico de reciclar sus preguntas una y otra vez hasta que los folios amarillean. Pero luego está lo de los mal llamados “cursos intensivos”, que al final eran un concurso de hacer tests.

    Si algún día alguien se decidiera a cambiar el planteamiento de los exámenes y a hacer obligatoria la asistencia a clases de teórica, las cosas cambiarían. Más que nada porque la gente no es tonta, y al final elegirían el centro donde les enseñasen mejor por menos dinero.

    En la autoescuela donde yo trabajo lo tenemos (todos) muy claro: cuanto mejor aprendan la parte teórica, menos follones nos encontraremos luego en el coche.

    La pena es que los alumnos no lo tienen tan claro, y se dedican a desaprovechar la tarifa plana que les da la autoescuela para asistir a clases de teórica tantas veces como quieran y luego pierden tiempo de clases prácticas, que pagan de una en una, porque no se saben ni las normas elementales de prioridad ni lo que es una señal de giro prohibido.

    Yo tengo la gran suerte de poder impartir algunas horitas de teórica. La gente que viene se lo pasa bien en clase con mis paranoias y mis representaciones teatrales y además se queda con la copla. ¿Qué más se puede pedir?

  • A mí dándote la réplica cuando hagamos de conductor bueno y conductor malo. Eso se puede pedir.

    Lo cierto es que las noticias que me haces llegar de tu autoescuela son muy buenas, ya desde el principio me comentaste el tema y sonaba de lujo. Has tenido suerte. Ojalá que esa sensación no la pierdas nunca.

  • Me alegro de haber ido a una autoescuela donde había ética. Llegué con 1-2 fallos en los test de la revista de tráfico, me dieron otros y empecé a sacar 8 fallos o más… así que me tomé en serio las clases. No asistí a todas, pero al menos no memoricé respuestas como un papagayo, salvo aquellas puñeteras que no había forma de responder de forma lógica por lenguaje enrevesado 🙁

    Por cierto, mi profesor era un crack, un gran conductor, sólo le vi cometer una única infracción, un adelantamiento por la derecha, por que no se podía hacer de forma correcta para salir de la autovía, por lo demás, un modelo a seguir.