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31 enero 2010
"No distraigan al conductor", cartelito demodé

Esta noche pasada andaba yo haciendo zapping en la tele y me encontré con el debate del programa La Noria de Telecinco. Algo me hizo dejar el mando quieto en el sofá y liarme a intentar descifrar mensajes entre el griterío que se había montado en el plató. Los allí reunidos estaban hablando (es un decir) de taxis y de taxistas, y al parecer todos los asistentes tenían mucho que decir a favor o en contra de la mala fama que acarrea el sector, habida cuenta que los ponentes se interrumpían constantemente y de ninguna manera respetaban ni a sus compañeros de supuesta tertulia ni por supuesto a los sufridos espectadores de aquel espacio.
El caso es que por un momento la pelea de grillos derivó en una pregunta interesante: ¿Cómo lleva el cliente que el taxista le dé conversación? Y ahí puse yo las dos orejas a trabajar, e incluso alguna neurona también. Recordé algunos de los muchos trayectos que realizaba yo de pequeño en autobús y cómo me había llamado siempre la atención un cartelito negro que junto al puesto de mando rezaba en letras grisáceas y de forma escueta: “No distraigan al conductor”. Mientras en la tele seguían los gritos, tirando del hilo argumental recordé también algunas de mis experiencias como pasajero a bordo de un taxi.

Tuve una época en la que tomaba taxis nocturnos con bastante frecuencia. Supongo que en el sector había un poco de todo, pero lo que en mi caso abundaba, no sé por qué, era el taxista que se empeñaba en compartir conmigo sus pensamientos sobre la vida. Y yo, que siempre he necesitado calentar un poco antes de intimar y entrar en materia, percibía aquellas soflamas como verdaderos ataques de un desconocido hacia mi intimidad. Yo, que simplemente quería que me llevaran desde un punto A hasta un punto B, más que nada porque en la calle hacía frío, que nunca le había hecho ascos a caminar, me encontraba de repente en medio de un examen sorpresa sobre la actualidad del momento. Y yo… con aquellos pelos y sin ganas de hablar.
Algunos se apercibían de mi elocuente silencio y aparcaban sus desahogos para concentrarse, al menos en apariencia, en lo que estaban haciendo con el coche. Otros simplemente se regodeaban al escucharse a sí mismos y tanto les daba que yo apenas respondiera con una sonrisa de medio lado.
Por ahí iba la película de mis recuerdos cuando en medio del debate de La Noria dieron paso a una breve pieza de vídeo en la que una taxista de Madrid afirmaba que su vehículo se convertía en ocasiones en un improvisado diván en el cual el pasajero se despachaba a gusto comentando sus preocupaciones y sus inquietudes. Que la gente ansiaba desahogarse y allí estaban ellos para dar a los clientes un poco de conversación. Me recordó, la verdad, a uno de esos reportajes sobre la prostitución en los que sale una chica sin rostro que dice que muchos clientes pagan por hablar un rato con ella. Y para rematar el vídeo de La Noria salía a continuación Jaime Peñafiel diciendo que en un taxi se conversa tanto que si él no hubiera sido periodista se habría dedicado a “hacer el taxi”, por aquello de que uno se enriquece mucho al hablar con la gente.
Vaya, hombre. Así que el raro era yo…

Un día dejé de coger taxis. Fue tras una noche de teatro en la que yo había dejado el coche fuera de Barcelona para evitar dificultades de aparcamiento. Tomé un taxi y le indiqué al conductor la dirección a la que pretendía que me llevara. Mientras avanzaba con celeridad por las calles de la ciudad, manejaba con soltura el GPS instalado en el parabrisas. Le llamaban por la emisora y por el móvil. Aquel tipo era todo manos mientras mantenía el volante recto con las piernas. Le consultaban si podría prestar tal o cual servicio y él, mirándolo todo en su agenda electrónica, hacía planes de futuro inmediato mientras yo me preguntaba si no acabaríamos la noche en el hospital con un collarín cervical como compañero de fatigas. Estuve tan a punto de bajarme… que al cabo de dos esquinas aproveché un semáforo en rojo que por lo visto sí que había que respetar, pagué la carrera interrupta y me apeé del vehículo.
Eché pie a tierra mareado, y no sólo por los muchos vaivenes propinados por aquel taxista a lo largo de su desatenta conducción. Bajé del coche mareado y abrumado por tanto despliegue de inteligencia, de profesionalidad y de savoir faire por parte de aquel individuo que se autodenominaba servicio público. La situación me había superado de tal manera que de repente eché en falta aquel viejo y denostado cartelito negro con letras grisáceas. “No distraigan al conductor”, sí, sólo que imaginé un cartelito que no estaba ni pensado para mí ni orientado hacia los asientos traseros de aquel taxi en concreto ni de todos aquellos en los que en un momento dado se pueda sufrir una situación similar.
Foto | Salvatore Freni, Dayvidday, Wesley Fryer
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Tags: atención, autobús, distracciones, taxi
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