Radares de tramo

Aitor Álvarez

26 abril, 2008

Mi amigo «soymejorquelosdemásyporesonoterespeto», ese que veo pasar tantas veces a velocidad de vértigo por mi lado poniendo en peligro mi integridad física y la del resto de usuarios de la vía está muy tristón. Se ha enterado que cada vez son más efectivos los cinemómetros y de que, gracias a la educación vial, comienza a considerarse su comportamiento como una auténtica barbaridad.

Mi compadre dice que él también cree en la seguridad vial, pero no deja claro si sólo se preocupa de la suya o también de la del resto. Se ha rodeado de un grupo de amigos que le apoyan y se encuentran en su misma situación. Él necesita sentirse realizado, satisfecho y demostrar su superioridad. Por eso se opone a los radares y ha aprendido dos vocablos que le abren muchas conversaciones: afán y recaudatorio.

Pero a mi amigo se le está acabando el chollo. De poco le sirven ahora esos frenazos que pegaba antes de los radares fijos y que tanto incomodan y estorban a la circulación. Y aquel dinero que se gastó en esconder en el colector del turbo el cablecito que se conecta a un aparato que hace pi-pi-pi si una patrulla camuflada anda cerca, le está sabiendo a rayos. Y es que resulta, que mi amigo es incapaz de encontrar una solución a los radares de tramo, esos que hasta hace algunos meses sólo estaban en pruebas y que ahora se están viciando a colocar multas. Hay dos opciones: o respetas la velocidad establecida o juegas a establecer una media. ¿Sabéis cual va a escoger mi amigo? Efectivamente, la segunda, para que nadie dude de su inteligencia.

Los radares de tramo que están funcionando oficialmente desde principios de este año han impuesto la obligación de cumplir con la norma sí o sí. Como pronosticó mi compañero Javier Costas, que últimamente está más nombrado que Dios, obliga a quienes no acatan a pasar por el aro.

Funcionan de una forma realmente sencilla y a la vez muy inteligente. Por cada carril se colocan dos cámaras. Esas cámaras pueden leer la matrícula del coche y enviar los datos, totalmente informatizados, a la central de control. Cinco kilómetros más lejos, el mismo coche es fotografiado de nuevo por otras dos cámaras. Los nuevos datos se introducen en el ordenador, que tras calcular la distancia recorrida y el tiempo tardado, genera una velocidad media. Y si esa velocidad es superior a la de la vía, sanción al canto.

La primera forma de hacerles frente y evitar las multas es respetar los límites. A nadie cabal, cívico y educado le importa un carajo que el señor con barba coloque un sistema nuevo. Precisamente por llevar los tres adjetivos que he dicho antes, esa no se verá afectada por la novedad de turno. A mi colega «soymejorquelosdemásyporesonoterespeto» le molesta mucho y no está dispuesto a ir de pardillo por la vida, así que decide salir de casa con el GPS programado y cinco alarmas en el reloj. Jugará a ser un conductor experto en matemáticas: durante tres minutos iré a 156km/h, bajando entonces a 87 y mantiniéndome hasta cumplir los cinco. Luego subo a 124 y finalmente recorro el último kilómetro a 60. Y mi velocidad media es de 120.

Afortunadamente la segunda opción es demasiado compleja para comportamientos mentales tan simples, lo que está repercutiendo en un incremento considerable del respeto por la velocidad establecida, modificando la estadística que ofrecíamos hace unos meses en este mismo lugar.

La única parte negativa de este asunto, aparte de las hemorroides de mi compañero de fatigas al no poder pisarle al coche, es la nulidad de dicha seguridad. Si alguien decide que le importa un carajo el dinero, los puntos y las vidas que puede llevarse por delante, las cámaras le sancionarán, pero por ahora no hay un radar que le pegue un tiro entre ceja y ceja para que se esté quietecito. Y tampoco un chavalito vestido de uniforme que le detenga.

¿Verdad que mi camarada no anda tan desencambinado con aquello del afán recaudatorio? O a lo mejor es que yo no me he enterado bien.

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