Cuando la carretera es una ratonera

Josep Camós

31 marzo, 2013

Hace tiempo definí de forma informal esto de la Seguridad Vial como la ciencia de prever lo imprevisto. Obviamente esta pseudodefinición queda incompleta, ya que aquí falta la segunda parte: la Seguridad Vial que trata de no agravar los siniestros que se producen y que mira de minimizar los efectos de los siniestros que no se hayan podido evitar. Pero es que a mí me marcó aquel refrán de “más vale prevenir que curar” (o “que lamentar”, va a gustos).

Es decir, que estimo priotitaria la parte preventiva de la Seguridad Vial. Y para muestra, el botón vivido en la provincia de Barcelona el pasado miércoles, en plena Semana Santa, cuando un tráiler frigorífico se quedó colgando a 10 metros de altura tal y como se ve en la foto de arriba.

Todavía no están claras las causas de esa salida de vía tan espectacular como terrible. Se sabe que el vehículo viajaba por la carretera C-17 en sentido hacia Barcelona cuando se saltó la barrera que delimita ambos sentidos de la circulación, pasó al sentido contrario y se salió parcialmente de la calzada para acabar colgando de la manera que hemos visto. Fueron necesarios nueve camiones de bomberos para poder rescatar al conductor, que quedó herido. Afortunadamente, no hubo más vehículos implicados.

Tomo este ejemplo para hablar de lo que entiendo que es una ratonera viaria: una carretera sin alternativa real suficiente, de manera que si se produce un siniestro en ella, la paralización de la circulación es absoluta y se contagia a todo el entorno, allí donde el resto de los conductores intentan sin éxito buscar una vía de escape (nunca mejor dicho). Siempre que encuentro una ratonera, veo una gran cantidad de choques por alcance.

En el caso que nos ocupa, la posibilidad de escape consistió en desviar el tráfico por la población de Aiguafreda, un pueblo de menos de 2.500 habitantes que cuenta con una antigua travesía en curva que el miércoles tuvo que absorber los más de 30.000 vehículos que transitan diariamente por allí. Si el choque hubiera tenido lugar un par de kilómetros más hacia el Sur, no habría habido escapatoria posible.

Parche sobre parche

Para entenderlo, le echamos un vistazo a la carretera en la que sucedió el siniestro. La carretera C-17, denominada así en algunos tramos del trazado total —en otros mantiene su nomenclatura antigua: N-152—, transcurre desde la salida Norte de Barcelona, en la Avenida Meridiana, hasta Puigcerdà, en la frontera con Francia, pasando por Granollers, Vic y Ripoll. En algunos tramos es carretera convencional y en otros se ha reconvertido en autovía.

En el zona concreta del siniestro se trata de una carretera convencional de dos carriles por sentido que ha ido evolucionando a lo largo de los años a base de ser segregada en dos calzadas separadas (es un decir) por una barrera tipo New Jersey realizada con encofrado deslizante, para luego ir ampliando el radio de las curvas más lentas y más problemáticas.


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La oportunidad perdida

Recuerdo haber hablado hace unos años con uno de los alcaldes de la zona. Conversamos sobre varios temas, y llegamos a abordar el asunto de la carretera C-17 a la altura de estas poblaciones. ¿Por qué? Por esas particularidades que la hacen un embudo perfecto en cuanto se produce cualquier incidencia. Insisto: a partir de dos kilómetros más al Sur de donde ocurrió el siniestro del pasado miércoles.

Como se aprecia en el mapa (y más, si lo ampliamos), el tramo que atraviesa Aiguafreda, Sant Martí de Centelles, Tagamanent, El Figaró, hasta llegar a la Garriga, es un punto complicado: queda situado entre dos cadenas montañosas y comparte espacio con el lecho de un río que se desliza por ese paso natural y también con una vetusta línea de ferrocarril (de vía única, por cierto). Todo encajonado.


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Esto nos llevó al edil y a mí a hablar sobre los problemas clásicos de la zona, coincidiendo con una de las últimas reformas en el trazado de la carretera. Y me comentaba en aquel entonces que desde la Generalitat, que es el titular de la vía, habían ofrecido a los alcaldes la posibilidad de mover la vía del tren y ampliar la plataforma de la C-17 para hacer sobre ella una autovía de tres carriles por sentido.

Quizá eso no habría evitado los problemas de la ratonera cuando se produce un efecto acordeón, ya que al fin y al cabo aquella zona es un desfiladero y no cabe mucho más que lo que hay, pero cuesta pensar en las consecuencias de un siniestro grave como el del miércoles en un escenario diferente, con seis carriles y una mediana como elemento de separación.

Así que cuando vi el problema que se armó el otro día en la zona, cuando pensé en la que se podía haber liado, y cuando pensé en la que realmente se habría liado, que seguro que no fue pecata minuta, me acordé de esta conversación tan esclarecedora que había tenido lugar hace unos años.

Supe aquel día que los alcaldes rechazaron el ofrecimiento de la Generalitat para evitar alejar la vía férrea de uno de los pueblos que habrían resultado afectados por la reforma. Que no era necesario, dijeron, que con arreglar un poco las curvas y los accesos más comprometidos ya tenían suficiente y que una autovía sería una infraestructura excesiva.

Es una posición muy lógica, sí, aunque aquel día yo pensé en esa frase tan manida que dice que no sabes lo que no tienes… hasta que lo echas en falta. Seguramente hay mejores ejemplos de vías sin escapatoria, pero este lo llevo grabado en la memoria. Más que nada, por todas las situaciones de riesgo que he visto y vivido a lo largo de aquel trazado.

Foto | Bombers de la Generalitat de Catalunya

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