Aumentemos los límites de velocidad y seremos todos mucho más felices

Josep Camós

25 abril, 2008

Al hilo del texto firmado ayer por Javier Costas para Motorpasión y titulado En la Comunidad de Madrid hay 48 radares no señalizados, surgieron varios comentarios, algunos de ellos especialmente brillantes y otros ciertamente discutibles. Y no faltó el clásico que aseguraba que «a la DGT se la suda k nos matemos todos mientras puedan recaudar cuanto mas mejor» (sic).

Independientemente de estos extremos, me llamó la atención un detalle. Siempre que hablamos de radares aparece como por arte de magia (y empiezo a creer en una especie de teoría de la conspiranoia) la revisión al alza de los límites de velocidad como remedio inmediato para todos los males de la sociedad.

Pero, ¿hasta qué punto el aumento de la velocidad máxima permitida serviría de algo?

En primer lugar, deberíamos tener presente cuál es el papel de la velocidad en la siniestralidad. No es que la velocidad mate, como creían nuestros bisabuelos cuando elucubraban sobre lo que le sucedería al cuerpo humano cuando alcanzase la velocidad de 100 Km/h y como erróneamente se ha redactado en forma de eslogan en los últimos tiempos («la velocitat mata, la inconsciència, també», rezaba una reciente campaña del SCT que no creo que necesite traducción).

De acuerdo, la velocidad no mata, pero por pura Física sabemos que cuanto mayor es la velocidad a la que se desplaza un cuerpo en el espacio, mayor es la energía cinética que acumula y por tanto mayores son los daños que sufre cuando tiene lugar una colisión. Por otra parte, sabemos que cuanto mayor es la velocidad a la que viajamos menor es el tiempo de que disponemos para actuar.

Velocidad y tiempo son inversamente proporcionales cuando el espacio es el que es. Cualquier inesperado infortunio que nos pueda sorprender quedará en un simple susto o se convertirá en la razón de nuestra muerte dependiendo de la velocidad a la que circulemos. Cuestión de cara o cruz. Pero bueno, siempre puede salir cara.

En segundo lugar, deberíamos tener presente que los límites establecidos actualmente responden a dos motivos principalmente: de un lado, una necesidad de ahorro energético impuesta a mediados de los años setenta por la llamada crisis del petróleo (una necesidad que lejos de caducar con el tiempo va en aumento); del otro, una necesidad de reducir la siniestralidad y los daños que de ella se derivan (nota para los escépticos: véase el párrafo anterior).

Por tanto, tenemos un primer debate, aunque menor. ¿El aumento de la velocidad redundaría en un aumento de la seguridad? Algunos «técnicos» aseguran que sí. Que en un mundo feliz donde los flujos de tráfico son estables y todo el mundo respeta las normas, una manga más ancha con la velocidad reduciría la siniestralidad.

Vale. Pongamos esto en un contexto real. Teniendo en cuenta que las distracciones, los piques y otras memeces propias de la especie humana son la causa de tantos siniestros, aumentar los límites sería como añadir leña al fuego. No se puede comenzar una casa por el tejado.

En tercer lugar, y ligado con el párrafo anterior, deberíamos tener presente la honestidad de nuestros conductores. Y aquí es donde se abre el verdadero debate. La cuestión no es si aumentar los límites de velocidad establecidos redundaría en una mayor seguridad. La cuestión real es saber si los nuevos límites serían respetados. Y no vale decir que sí mientras pensamos que no, que ya nos conocemos.

Cuando un comunicante anónimo (como tantos en internet) deja claro que lo que le molesta es tener que conducir asustado por la posibilidad de que le sancionen, queda claro que está circulando acojonado por su propia desfachatez. Así, ¿quién nos garantiza que un aumento de los límites haría que este conductor los respetase?

BebéEl ser humano, desde que se pone a gatas y comienza a explorar su alrededor, busca límites. Un cajón que abrir, una silla a la que encaramarse, un enchufe donde meter los dedos… Nos va el rollo. ¿Realmente me están diciendo que permitirle a un niño subirse a una silla impedirá que luego quiera subirse a la mesa? Anda ya.

Conclusión: elevemos los límites de velocidad y seremos todos mucho más felices. Quienes ya corren seguirán corriendo. Quienes son ahora sancionados seguirán siendo sancionados. Quienes tildan a la DGT de recaudadores seguirán tildando a la DGT de recaudadores. Seguirá abierto el debate sobre elevar más y más los límites de velocidad. Y que viva la espiral. Seguiremos mareando la perdiz mientras los servicios de emergencia, las funerarias y las aseguradoras aumentarán sus cuotas de trabajo. Seremos más felices, sí. Cuanto menos sabemos y más nos obcecamos con las grandes verdades que guían nuestras vidas, mayor es nuestra felicidad.

Vía | Motorpasión

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