Adiós a las clases teóricas

Aitor Álvarez

24 abril, 2008

Conductores… las clases teóricas… han muerto.

Ya nadie se molesta en acudir a clase con su libro y escuchar a un profesor desarrollando el tema de turno, debatiendo al respecto con la esperanza de que los conceptos queden bien asimilados o presentando ejemplos prácticos que se dan en nuestro día a día. Es más, nadie se molesta ya en dejarse la muñeca marcando respuestas correctas en cuestionarios programados que comienzan profundizando en cada unidad y se van mezclando en exámenes de distinta dificultad hasta llegar a los realmente duros, aquellos que nos dicen si estamos o no preparados para enfrentarnos a la jefatura de turno y pasar la parte teórica del permiso.

Hoy en día las autoescuelas han descubierto el otro uso que pueden darle a esos test manuscritos y mecanografiados que toda la vida han utilizado para demostrar al alumno, los días previos al examen, a qué se iba a enfrentar. Ahora las autoescuelas sólo disponen de esos cuestionarios, pero ya no están manuscritos ni trabajados a máquina, sino que se compran a empresas que profesionalmente se dedican a recopilar las preguntas. Con ordenadores táctiles consiguen que el alumno memorice las preguntas que con mayor frecuencia entran en el examen, sin importar si son capaces de comprender o no su significado y obviando la parte restante, aquella en la que la Dirección General no pone tanto empeño. De esa forma consiguen acortar considerablemente el tiempo que tarda un aspirante en obtener el permiso, y es que, trabajando dos horas diarias durante semana y media uno puede memorizar más que de sobra los veinte exámenes que Tráfico tiene en su jefatura. Práctico, pero incompatible con la seguridad vial y con la ética de cualquier formador conocedor de que la educación es la única forma de mejorar la situación actual.

Esto implica que las clases teóricas ya no existan. En algunos lugares tienen la suficiente mala conciencia como para dejar al cargo a una persona conocedora del reglamento; en otros ni tan siquiera habrá un profesor para resolver las dudas. Cómo la gente al final se adapta a lo que recibe, creyendo que no hay otra forma de hacer las cosas, cada día se extiende más esta oportunidad de negocio fácil, alimentada sin duda por aquellos que por haber sido mal educados social y vialmente no llegan a percibir la peligrosidad del asunto.

Los empresarios buscan siempre atraer ganancias y para ello actuarán de la forma en que los clientes les pidan que actúen y, sólo con la concienciación de los futuros aspirantes para entender que la prisa por obtener el permiso no es más importante que sobrevivir en el laberinto del tráfico, donde los errores pueden ser fatales 1, conseguiremos volver a los sistemas tradicionales de enseñanza, si bien apoyados por medios técnicos y tecnológicos recientes que proporcionen una mejora considerable del método didáctico.

Una paradoja más de este país donde, la Dirección General de Tráfico se declara defensora de unos principios y, sin embargo, sus mediadores, los centros de formación vial, se declaran más interesados en el dinero que en cumplir con su cometido. Afortunadamente aún quedan autoescuelas en las que uno puede acercarse a la seguridad vial y no al más ruín negocio.

 

1. Paloma Orozco Amorós (2006). En el país de las señales. Madrid: PONS Editorial.

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