Yo vi a los mossos d’esquadra antes de que los atropellaran… y no me extraña que sucediera

Sin visibilidad

Pasé por el punto kilométrico 38 de la carretera C-17 minutos antes de que un coche se llevara por delante a dos mossos d’esquadra que asistían a un vehículo siniestrado. Tuve ocasión de ver a los mossos disfrazados de capitán Pescanova, cubiertos hasta la gorra de color amarillo fosforito, muy cantón, y vi el coche al que asistían. Lo vi casi todo… menos el atropello. Lo vi casi todo… a no ser que yo esté equivocado y que ese atropello se produjera cuando asistían a otro vehículo detenido en el mismo punto de la vía, lo cual tampoco sería de extrañar dadas las circunstancias. El coche que vi era un utilitario verde que tenía roto el paragolpes delantero. No me fijé mucho más.

Sucedió el martes. Hoy esos agentes de Policía ocupan las páginas de algunos medios de comunicación catalanes desde la cama de un hospital. Están graves. Esta mañana en TV3 relacionaban el atropello con la movilización que al parecer preparan los agentes de la policía catalana para protestar por la falta de seguridad laboral que sufren a diario. La movilización consistirá, según la tele, en una huelga de sanciones leves. Sólo multarán las infracciones más salvajes.

Pero lo tristemente cierto es que este atropello lo podría haber sufrido cualquiera. Veamos por qué.

Había llovido, llovía y llovería todavía un par de días más en la zona, y la verdad es que daba miedo circular por aquella carretera a la altura de Tagamanent, donde tuvo lugar el atropello. Pero no daba miedo ni por la lluvia en sí ni por las curvas que nadie ha arreglado todavía ni sé cómo arreglará, porque ahí el trazado de la C-17 se las trae. Daba miedo por la cantidad de coches, furgonetas, autobuses y camiones que se pasaban por el arco del triunfo las limitaciones de velocidad inherentes a la vía y la evidencia de que, con el asfalto mojado, era mejor aminorar la velocidad y extremar las precauciones.

A la carretera no hay que tenerle miedo, sino respeto. Es algo que aprendí de mi abuelo, experimentado conductor, y que intento transmitir a mis alumnos. Aquel día, el día en que un coche se llevó por delante a un par de mossos d’esquadra que estaban asistiendo un vehículo detenido en el arcén, sentí miedo. Pocos kilómetros antes había visto cómo una Citroën Jumpy planeaba sobre el agua al dar un frenazo en seco (o eso creía su conductor) para evitar chocar contra un coche gris que adelantaba a un tractor que circulaba por allí. Había visto también a uno de los autobuses de la zona pasar por mi lado a una velocidad fuera de toda regla. Era como cumplir misiones de un vídeojuego muy cabrón en el que lo que había en verdadero juego era algo irrenunciable: mi vida.

Y entonces vi a los mossos en el arcén, un arcén ancho que sirve de acceso a una empresa que comercializa piedra natural. Y pensé que aquel día tendrían mucho trabajo, que con aquel panorama las colisiones por alcance se multiplicarían. Y no tuve tiempo de pensar mucho más, porque la carretera reclamaba toda mi atención. Y los conductores que me rodeaban, conducidos por las circunstancias y por su absoluta ceguera, me obligaban a estar muy pendiente de mi entorno.

Miedo.

Mucho miedo.

Dolor, lamento.

Nos podría haber pasado a cualquiera. Si yo hubiese sufrido un pinchazo, o si se me hubiera destensado la correa de accesorios, o si se me hubiese cascado una de las gomas del limpiaparabrisas, yo me habría detenido en el arcén con mis intermitentes y mis luces de posición, con el chaleco puesto y el triangulito a cuestas… y alguien se me habría llevado por delante. Estos dos agentes de la Policía se ganaban la vida en los arcenes de las carreteras y por eso desgraciadamente tenían un mayor índice de probabilidad para acabar de forma abrupta su jornada laboral. Pero lo cierto es que me podía haber pasado a mí, a ti o a cualquiera de tu familia o de la mía. Cualquiera de aquellos conductores conducidos por las circunstancias y por su absoluta ceguera podría haber acabado conmigo, contigo o con cualquiera.

No tenemos consciencia del riesgo. De verdad que no la tenemos.

Foto | Enrique Dans