Victoria… con seguridad

Os voy a contar una anécdota real que viví hace ya unos cuantos años. Mi primer congreso de Física en el extranjero fue en Creta. La casualidad quiso que mi vuelo estuviera programado el día en que Grecia disputaba la final de la Eurocopa de fútbol contra Portugal.

Mi compañera de facultad y yo vimos el inicio del partido en un garito del aeropuerto de Atenas, esperando nuestra conexión. No le prestamos demasiada atención, más bien nos lamentábamos de no disponer de tiempo para salir del aeropuerto y disfrutar de las maravillas de la capital del mundo antiguo.

Una vez en el avión, mientras empezábamos a sobrevolar el mar Egeo, el comandante activó la megafonía interna y pronunció unas palabras en Griego que lógicamente no pudimos comprender, pero que fueron contestadas con gritos de euforia. No hay que ser muy avispado para adivinar lo que había ocurrido: la selección del país Helénico se había adelantado en el marcador.

Al aterrizar en el aeropuerto de Heraklion, la capital de la isla, un apático empleado nos informó que a lo mejor teníamos ciertas dificultades para encontrar un taxi, todo el mundo estaba pegado a la pantalla de un televisor.

Efectivamente, una vez fuera de la terminal nos encontramos en una carretera solitaria y oscura completamente vacía. No tuvimos más remedio que esperar tranquilamente en la parada señalizada. Por cierto, en ese momento un chico búlgaro se unió a nosotros para compartir taxi, se ve que los Físicos somos reconocibles en medio de la noche cretense.

De repente, escuchamos gritos procedentes del otro lado de la carretera, de donde vimos salir unos cuantos griegos corriendo, eufóricos: había terminado el partido. Mi compañera, el búlgaro y yo pensamos que quizá ahora vendría alguien en nuestro auxilio. En efecto, no tardó mucho en llegar el primer taxi. Aunque nosotros tuvimos que esperar un poco más, estábamos terceros en la cola.

En ello estábamos cuando tuve una visión que no olvidaré en mi vida. De nuestra izquierda, se acercaba a toda velocidad un 4×4 enorme a gran velocidad, accionando repetidamente el claxon. Por diferentes ventanas colgaban cuerpos humanos agitando banderas.

Hasta aquí, nada que no podemos esperar en una situación como esa, lo cual ya sería motivo de comentario en un blog sobre seguridad vial. Pero lo grave es que… ¡era un vehículo de policía! Y los que asomaban más de medio cuerpo por las ventanas eran agentes que, seguramente, dedicarán gran parte de su vida profesional a sancionar actitudes imprudentes en la carretera.

Pero la historia no termina aquí. Poco después, por fin llegó el taxi que nos debía llevar hasta la civilización. Le dijimos «please, hotel Olimpik» (original el nombre, también). Para nuestra sorpresa, el conductor se negó en redondo a llevarnos. Nos dijo que, debido a las celebraciones, el centro de la ciudad estaba cerrado.

Sin embargo, al final accedió a acercarnos un poco. Decidió, sin encender el taxímetro, que la hazaña costaba 10 euros. «For the luggage», dijo. Nos dejó en una esquina, asegurando que el hotel estaba a dos o tres manzanas.

No tardamos mucho en entender el motivo por el que el buen hombre no se atrevió a adentrarse más en la población, ¡Aquello era un caos! Coches, motos, furgonetas conduciendo a lo loco. Pero, la verdad, ya no nos sorprendía. Si habíamos a la autoridad circular de tal guisa, ¿qué no podemos esperar del populacho?

Poco a poco, con ciertos orificios de nuestro cuerpo un poco apretados, fuimos avanzando. Conseguimos llegar hasta llegar a una plaza donde, por fin, divisamos nuestro hotel. Pero aún quedaba el último obstáculo: teníamos que cruzar lo que parecía una de las calles principales de Heraklion.

No intentaré poner calificativos a aquella situación, porque no me creerías. Sólo os diré que el búlgaro y yo no nos atrevimos a cruzar. Mi compañera de universidad dijo que aquello no era nada en comparación con su Argentina natal, y aprovechó un mínimo hueco para cruzar con impasible sangre fría, dejándonos a los dos temblando en la otra acera, como dos nenazas personas interesadas en conservar la vida.

Como podéis imaginar por el simple hecho de que sigo vivo, al final conseguimos cruzar sanos y salvos. Pero nos costó lo nuestro, cinco largos minutos, sin exagerar. Y eso que creía que viajaba a la cuna de la civilización.

Sin lugar a dudas, la euforia excesiva es mala consejera en cuanto a percibir el riesgo. Y lo que es peor, puede llevar a generar peligros innecesarios. Y de ello, nos puede ocurrir a todos. Incluso a los que dedican su vida a asegurarse que los ciudadanos de a pie no se jueguen la vida en las carreteras griegas.

Hoy, estas escenas pueden ocurrir mucho más cerca. Si estás contento por el resultado de esta noche, no lo dudes, ¡disfruta! Es un momento histórico, nunca había pasado y no sabemos cuando volverá a ocurrir. Atesora cada segundo de estas horas históricas. Pero hazlo con conocimiento, sin olvidarte que lo que realmente importa es la vida.

Fotos | The Freddy Portfolio, Ferminius

  • José Luis

    Bueno, la parte positiva es que si se celebra un congreso de Física en Argentina, y vas, cruzarás las calles como un nativo ¿no?

    La histeria colectiva lleva a todo tipo de excesos que por suerte sólo duran unas horas. No se cuántos accidentes habrían ese día.