Urgencia

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Hoy se suponía que tenía que hablaros un poco sobre las gafas de sol… Pero hay veces en que una llamada de teléfono lo cambia todo. No importa los planes que tengas para escribir en Internet, o para quedar el fin de semana. Suena el teléfono, obstinado. Sin aviso previo, nuestro universo está a punto de cambiar.

Cuelgas el teléfono y se te queda la cara en blanco. Y el cerebro. No sabes como reaccionar. De repente, es como si viviéramos en un universo diferente, donde predomina una sola idea: la urgencia. ¿Qué hacer? Hay que ir lo más rápido posible al hospital.

Dudas si dejar la comida a medio cocinar. Al final decides engullirla aún medio cruda, no puede quedarse toda la familia sin cenar. Con remordimientos por el retraso, cada vez estás más nervioso.

Veinte eternos minutos después, los platos vacíos se han quedado encima de la mesa. Pero ya está todo el mundo esperando en el coche mientras abres la puerta del garaje. ¿Qué habrá pasado? ¿Estará bien? Esto es un sinvivir.

Arrancas por fin. Sales del garaje y enfilas tu propia calle. La misma de siempre, pero parece diferente. Todos los pequeños detalles que la convertían en el mejor rincón del planeta ahora han desaparecido ante tus ojos, son irrelevantes. Por ejemplo, ese ceda el paso que siempre respetamos escrupulosamente. ¿Por qué no me han avisado antes? Joder Cáspita, ya deberíamos estar allí.

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Estaréis de acuerdo conmigo en que este estado mental es de lejos el más adecuado para circular. No, estoy seguro que ninguno de nosotros puede realmente concentrarse en algo que no sea el estado de esa persona, y seguir llamándose humano. En condiciones normales, aconsejaría parar un rato, respirar profundo y descansar hasta recuperar las facultades. En carretera, van vidas en ello.

Sin embargo, estas circunstancias no son las habituales. Ni el más concienciado sería lo suficientemente cabal para detenerse lo necesario para recuperar la normalidad. Probablemente, ni siquiera somos capaces de concebir que el mundo vuelva a ser normal. Está patas arriba.

Por desgracia, y por mucho que queramos ignorarlo, este tipo de momentos siempre termina llegando en la vida de cualquiera de nosotros. El teléfono puede sonar en cualquier momento. Después, puede ser que el caso sea leve, da igual. En los primeros momentos, el mundo ha cambiado ante nuestros ojos. Y sólo vemos la oportunidad de rascar segundos donde antes veíamos una maniobra peligrosa a evitar.

A mi, cuando sonó el teléfono, este nuevo universo me parecía tan ajeno que al sentarme en el coche me sentí muy extraño. No me hubiera sentido más incómodo si el cielo fuera lila. Primero pensé en que debía coger la ruta más rápida aunque tuviera peajes. Y al pensar en velocidad, me vino una visión.

Por algún motivo, me vinieron a la mente imágenes de un teléfono sonando. Pero esta vez no era yo quien lo cogía. Me estremecí. No, no puede ser. Cueste lo que cueste, tengo que rescatar del fondo de mi consciencia la tranquilidad necesaria para que yo y los míos podamos llegar bien. Porque queremos llegar al hospital en mi viejo y maltrecho coche, no en una ambulancia. Esas ya han trabajado demasiado hoy.

Fotos | Tomás Fano, Iván Cabrera.

  • Ese momento de reflexión es necesario cuando nos asalta el problema. Ese saber hacer reset mental… con un coche entre manos resulta vital.

    Por lo demás, esperemos que las aguas vuelvan a su cauce. ¡Ánimo!