Una historia del mundo real

Una historia real

Un accidente, una muerte en la carretera, no es una estadística. Ocurre en el mundo real, en el mismo que vivimos tú y yo. Lo que voy a relatar es una historia real, que he vivido en primera persona. Aunque yo no soy el protagonista, ni principal ni de reparto. Sólo soy un testigo lejano, un amigo de un amigo.

El día de ayer empezó, a parte de un detalle personal que no viene al caso, como un lunes normal. Mucha pereza, una ducha rápida, y al coche. Desde hace unos meses, voy cada día a trabajar a una oficina más pequeña, donde sólo somos tres trabajadores de la empresa, y esta semana uno de ellos está de vacaciones. Mi otra compañera tiene el horario desplazado el horario 15 minutos por motivos de conciliación de la vida familiar, por lo que siempre llega un poquito antes que yo. Por eso me extrañó ver que aparcaba su coche justo cuando yo salía del mío.

No me percaté entonces, pero no me dio los buenos días, algo raro en ella. “¿Cómo es que llegas a esta hora?”. Entonces ya vi que algo no iba muy bien. Dijo que había tenido una noche complicada. Las siguientes palabras lo cambiaron todo. “Ha muerto el padre de mi pareja”.

¿Y ahora qué digo?

Nada. Me callo. Caminamos un rato hasta la entrada a la oficina. Ella temblaba al meter la llave en la cerradura. No se lo creía. Hacía sólo unas horas que su suegro salía de su casa. De la casa que ella y su pareja habían estrenado hacía apenas un mes, y que aún estaba llena de cajas por desembalar. Y en sólo diez minutos… En tan sólo un segundo.

Sólo intercambiamos unas pocas frases más. Le aconsejé que se fuera, que su chico necesitaba su apoyo. Hay cosas más importante que el trabajo. A parte de que la ley garantiza un par de días para estos casos; sinceramente, eso es lo de menos. De hecho, no tendría ni que haber venido, sólo dijo que se había subido al coche sin pensar demasiado. No podía pensar. Finalmente se fue al tanatorio. Jamás había visto a nadie con tantas ganas de llorar que no consiguiera sacar una lágrima.

Al parecer, habían pasado un domingo genial todos juntos, en familia. Riendo, bebiendo, disfrutando del hijo de dos años del que oigo maravillas cada día a la hora de comer. Un nieto que se ha quedado sin abuelo. Cuando cayó la noche, ella sabía que su padre político no estaba en la mejor situación para subir a la moto. Era oscuro, llovía, y había tomado algo de alcohol. Se sentía tan culpable por no haber insistido, pero estaba tan cansada que no atinó a obligarlo.

Y al cabo del rato, quien picó a la puerta fue la patrulla de la policía autonómica. Disfrazados con una túnica negra y una guadaña, tuvieron que dar la noticia que nadie quiere escuchar.

Yo no conocía a ese hombre. No lo conoceré jamás. Ni siquiera sé su nombre, ni cómo fue el accidente. Pero, ¿importa? Lo vi en los ojos de mi compañera y amiga. No físicamente, pero ella también iba en esa moto. Y al ver sus ojos, supe que yo también iba en esa moto.

Porque en nuestra vida, en cada instante, siempre hay con nosotros más gente de la que podemos ver. Gente que nos quiere. O incluso gente que quiere a gente que te quiere. Una multitud de nexos en la red social de la vida real que nos hace ser quien somos. Y en tan sólo un segundo la vida de toda esa gente puede cambiar. Para siempre.

Foto | Ken Wilcox

  • Emocionante relato, Jaume. Lo primero mi pésame desde estas puertas cibernéticas. Lo segundo decir que si bien quieres a alguien y no lo ves en condiciones de conducir, insístele, oblígale a que no lo haga, quítale las llaves con tal de que no acabe en la situación que nadie quiere oír. Hazlo por él, por ti, por mí, por todos nosotros, por el mundo entero. Todos vamos en ese vehículo.
    Un abrazo

    • Ya tienes razón, ya. :'(

  • Escargot

    Aunque no te pille realmente cerca, cuando te enteras de algo así y no sabes ni qué decirle a quien sí que le pilla cerca de verdad… piensas que qué poco preparados estamos.