Un viaje de sueño

Una pareja visitando el reino de los sueños

Ya sabéis que lo normal en Circula Seguro sería comentar un anécdota real, algo que hemos visto, o cualquier noticia que ande por la red. Lo que viene a ser un blog de seguridad vial, vamos. Pero, en esta ocasión, si me lo permitís (y no tenéis forma de evitarlo, juajuajua), voy a explicar un sueño que tuve la noche pasada.

Eso sí, si en la sala hay algún psiquiatra, o experto en la interpretación de sueños, le pido que deje aquí la lectura del artículo. O, por lo menos, que se abstenga de comentar, porque aún me va a sacar los colores y no es plan.

Como una muñeca rusa, el sueño comenzaba despertándome. No de verdad, sino en el propio sueño. Siguiendo con la cotidianidad, daba unas cuantas vueltas más a la cama (si hasta en sueños soy un vago). En este estadio, aún no tenía sensación de apremio, aunque al ir al baño ya me rondaba un pensamiento de «no te alargues, que tienes que ir al tajo» (ya podría haber soñado con vacaciones, jopeta).

Sin embargo, como ya os podéis ir imaginando, sin comerlo ni beberlo, al salir del reservado me encontré que sí me había alargado. Sólo faltaban 56 minutos para mi hora de entrada, imposible llegar con el tren. Así que, mi yo onírico, expeditivo él (digo, yo), decidió tomar el coche en vez de utilizar el trayecto ferroviario para idear excusas.

Como cualquiera que coge el coche en hora punta, sin estar acostumbrado, mi mayor miedo era encontrarme con un atasco de esos interminables. Y, por supuesto, el dios Morfeo tuvo a bien amenizar mi descanso haciendo realidad el temor en el que justamente estaba pensando.

Con esas, me encontré totalmente encallado en la ronda de Dalt de Barcelona. Lo cual, ahora que lo pienso, es bastante curioso. Mi lugar de trabajo está a la entrada de la ciudad, y además en la zona marítima. Con lo cual, no necesitaría para nada entrar en una ronda, y menos en la que transcurre por la zona alta. Pero en sueños, qué me vais a pedir, ¿no?

Con la ansiedad del reloj imparable, decidí desviarme para esquivar la caravana de vehículos. Tomé una salida cualquiera, y emprendí el ascenso de una de esas calles empinadas que hay en la ciudad condal. De las que parecen terminar en el cielo. Recuerdo, incluso, que soñé tener que meter la primera para poder subir. Porque, como no, el coche de mis sueños era aún más carraca que el que tengo en realidad (ya podía haber tenido un De Lorean, entonces sí que habría llegado a tiempo).

El gato de Morfeo... o simplemente un gato durmiendo

Finalmente giré a la izquierda, y me introduje en una calle más plana. Pero estaba completamente desierta. Tanto, que incluso daba un poco de yuyu.

Y, como pasa en los sueños, en cuanto tienes un sentimiento, inmediatamente ocurren cosas para intensificarlo. Así que el escenario se transformó en lo más inquietante que recuerdo haber vivido… digo, soñado. Seguramente, mis palabras se quedarán cortas para explicarlo.

Había un anciano que me seguía con la mirada al pasar, riéndose. Un par de gemelas hacían girar una cuerda en medio de la carretera, pero no había una tercera niña que saltara a la comba que ellas agitaban. Tuve que hacer una ligera maniobra para pasar a su lado. Al rebasarlas, una de ellas me miró. Tenía los ojos completamente negros. Vacíos y profundos.

Y, así, el escenario se fue convirtiendo en lo más tétrico que uno pudo imaginar. No sé de dónde tomaría ideas mi cerebro para crear esa escena de pesadilla; sólo sé que mi subconsciente es un cabrón. Habiendo palmeras y mulatas…

Cuando mis oníricos pelos estaban tenían agujetas de tanto ponerse en punta, por cuarta vez en el sueño decidí cambiar de rumbo. Ya era hora de salir de allí. Además, se me echaba el tiempo encima, el desvío para esquivar el atasco me había alejado de mi destino. Doblé una esquina, descendiendo otra de esas calles empinadas, típicas de los lugares en que una ciudad besa los pies de las montañas.

En efecto, el escenario cambió. Se ve que mi subconsciente se tomó muy a pecho lo de «pie de la montaña», y mi calle asfaltada se convirtió en el más abrupto camino forestal. Mi vehículo iba saltando en todas direcciones al pasar por encima de piedras, y los árboles (creo que eran hayas) no me dejaban ver la ciudad.

Junté el poco raciocinio del que uno dispone cuando duerme, y saqué la conclusión que… no tenía ni idea de cómo me había metido allí. Pero, a estas alturas, ya era imposible que llegara a tiempo. Por lo menos, esta vez tendría alguna que otra rama enganchada al limpiaparabrisas a modo de excusa para mi retraso.

Miré el reloj. En efecto, pasaban cuatro minutos de mi hora de entrada. Ya era tarde, no había más que hacer. De repente, pensar eso me produjo un alivio. Toda la inquietud onírica por la que había pasado se desvaneció. Y desperté, esta vez de verdad.

En la más absoluta oscuridad, tardé un rato en darme cuenta donde estaba. No, no hacía tarde. Es más, me quedaban dos horas para volver a dormir. Mientras me acurrucaba del lado contrario, pensaba que, incluso en sueños, tomar decisiones precipitadas mientras se conduce sólo puede traer consecuencias negativas. La ansiedad y el nerviosismo son malos copilotos.

Fotos | epSos de, juan edc

  • escargot

    Hay que ver cómo es la lógica interna del mundo de los sueños.

    Hace dos años, por estas fechas, estaba de exámenes y tenía que coger el coche para ir a hacerlos (como hora y media de viaje), y además en aquella época del Klaus y las nevadas inolvidables.

    Una noche soñé que la carretera iba por otro sitio y cuando me iba a meter por ella me hacían parar para decirme que la carretera estaba nevada y que para que me dejaran pasar necesitaba el Photoshop. Yo tenía mis ruedas de nieve pero nada, que con eso no bastaba. Y ahí me tuve que quedar hasta que conseguí el Photoshop de las narices, que no era otra cosa que una especie de banqueta de cartón con un montón de imágenes en blanco y negro. Y tenía que armarlo, pero no sabía cómo. No sé si llegué a pasar, me volví majara perdida con la puñetera banqueta.

    La única lectura que saco es que tenemos (yo por lo menos) que practicar más con las cadenas por si acaso.

    • nomar55

      La conclusión es magnífica, de veras.

    • Josep Camós

      Me ha encantao la historia y la naturalidad con que la cuentas, teniendo en cuenta lo surrealista que es todo. 😀

  • escargot

    Jajaja… realmente no es nada del otro mundo (muy al estilo de los sueños típicos que tengo, que cuando se los cuento a la gente me dicen que me los he inventado). Pero no tiene ni de lejos la cantidad de detalles del tuyo.

    Hace unos meses tuve un pequeño incidente en el coche con unos compañeros y es que entre lo bajo que es mi coche, lo altos que son ellos, lo dura que es la suspensión, lo mal que llevaba los neumáticos (ya me cayó bronca merecida por eso) y lo mal que cogí un bache dos de ellos acabaron dándose un cabezazo contra el techo. Que luego me dijeron que no se habían hecho daño, pero a mí me fastidió un montón.

    Esa misma noche soñé que estaba delante del espejo peinándome y de pronto descubría que en un lado de la cabeza tenía una cuquera (brecha) enorme. La culpa, claro. 😀

    Tranquilos, que no tengo más sueños relacionados con la conducción. 😀