Un año después

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Catorce de julio. Los vecinos del norte celebran que hace 220 se tomaron una pastilla la Bastilla. Pero para mi hay una efeméride personal que eclipsa hasta el Tour. Hoy hace un año que obtuve mi Permiso de Conducción del Reino de España.

Por fin he podido despegar la placa de 19.5 por 15cm que chivaba al mundo mi condición de novel. De hecho, ella ya estaba por la labor, a punto de caerse. Y eso que la tenía fijada con celo desde hacía meses, cansado de recogerla de la bandeja del maletero. Las dos ventosas aguantaron bien los primeros meses, pero no más.

Como en la mayoría de fechas señaladas, llega el momento de hacer balance. Lo más importante, sigo vivo. No puedo decir que hayan sido 365 días libres de errores, pero por suerte ninguno de ellos ha tenido consecuencias para nadie.

Mi cuenta kilómetros marca unos 22 mil kilómetros más. Como para llegar a Nueva Zelanda y un poquito más. Sale a unos sesenta kilómetros diarios.

De hecho, conduje casi una cuarta parte de esa distancia en los primeros dos meses y medio, cuando salía casi a diario a practicar. Que recuerdos… como el día en que me sentí un triunfador por salir sin ningún calado de un atasco en la intersección entra Diagonal y Gran vía de Carlos III en Barcelona capital. Para quien no lo conozca, es una rampa respetable. Al menos, para mi lo era.

Creo que meterme tan pronto en todo el meollo fue un atrevimiento inconsciente hasta cierto punto, pero me fue muy bien para mi formación como conductor. Sin duda, gracias a que recibí una gran formación (¡gracias Joan!), y quizá tuve la actitud correcta para progresar adecuadamente.

¿Mi mayor error? Seguramente la primera vez que salía de mi garaje, marcha atrás. No estaba muy seguro de como realizar la maniobra para encarar el coche hacia el lado donde quería ir, ya que un coche (correctamente) aparcado me molestaba. Al final, tiré demasiado atrás… Por suerte, muy lento, no pasó nada.


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Aún recuerdo perfectamente el día de mi examen práctico. Iba segundo, después de una compañera (que también aprobó aquél día). Empecé en un polígono industrial, muy tranquilo. Primero, un giro a la derecha, con un stop en plena cuesta.

Me temblaban un poco los pies. Se me cayó un poco el coche hacia atrás… Sólo unos centímetros. Un poco de gas para volver arriba, y salir cuando me toca, hacia la izquierda. Seguramente, salir bien de aquella situación me permitió tranquilizarme. Un trayecto bastante agradable por calles sencillitas me acabó de afianzar.

Aquello no era nada. O sí, pero pude con ello. Ya tenía cierto bagaje en situaciones de estrés, había tenido que impartir varios seminarios (¡alguno en inglés!), e impartir clases en la universidad.

Una rotonda… luego entramos a la avenida principal de la ciudad rodeando una raqueta. Otra rotonda y entramos al barrio de las grandes cuestas. En una, pensé que llevaba suficiente velocidad como para poner tercera, y perdí un poco de velocidad. Falta leve por no adecuar la velocidad a la vía. Nada grave, vuelta a segunda y seguimos adelante.

El otro gran momento: aparcar. Encontré un buen sitio en batería. Me alegré que tocara esa zona, ya que había aparcado por allí varias veces. Y habíamos practicado más el aparcamiento en batería que en cordón. No tuve demasiados problemas, ni siquiera necesité hacer correcciones.

Al salir del aparcamiento, una nueva rampa y un stop complicado. Debíamos girar a la derecha, y la vía transversal estaba colapsada. La espera pareció eterna, pero realmente no había otra. Primer hueco válido y pude salir con holgura, seguridad y confianza.

Para acabar, una carretera larga que acaba en la zona de exámenes. Sabía que era una travesía sencilla, donde se puede llegar a la velocidad máxima sin problema. Así que ya estaba.

Aquél aprobado me dio permiso para continuar examinándome el resto de mi vida. Por que sí, cada vez que me pongo al volante, incluso un año después, sigue siendo un examen para mi. Siempre me quedarán cosas por aprender. Lo continuará siendo… pero a partir de ahora, sin una L en la chepa.

Fotos | Jaume, Google Maps