
Siempre he admirado a la gente capaz de nadar contra corriente, de ignorar lo que los demás piensan,... e incluso las leyes. Ellos son así, y así seguirán pase lo que pase. Los admiro hasta el punto que, si no fuera porque siempre he sido un inútil con la rima, les escribiría este humilde post en verso, en lugar de esta modesta prosa.
Y es que conducir con una mano es lo más. No sólo permite que quede una mano libre, sino que además es más chulo. Por algún motivo el mismísimo Christopher Reeve alargaba un sólo brazo para emprender el vuelo dando vida al hombre de acero.
Repito, admiro a la gente que conduce con una sóla mano. Profundamente, además. Yo, aunque no me considero especialmente torpe al volante, soy incapaz de hacerlo. Completamente incapaz. Pero no tanto por falta de habilidad, que también. Sobre todo, porque no puedo evitar la idea de que, en cualquier momento, puede acaecer cualquier imprevisto que requiera una maniobra precisa.




Que la mayoría de conductores no se ajustan correctamente el reposacabezas es ya un clásico que podemos leer y escuchar habitualmente en los medios. Lo que no suena con tanta frecuencia es que muchas personas gradúan mal todo su asiento, incluyendo el respaldo y la distancia hasta los mandos.
