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En un artículo anterior defendí el transporte colectivo como alternativa al coche cuando se hacen desplazamientos muy largos. Mis argumentos fueron entonces el tiempo, el coste y la comodidad. En esta ocasión tengo que aportar un componente más, el de la eficiencia energética, es decir, cuánto se gasta por pasajero y cuánto se contamina. Las conclusiones le sorprenderán a más de uno.
Los autobuses contaminan una barbaridad, por no hablar del avión, que necesita miles de litros de combustible por vuelo. El tren no se queda corto, se mueve con electricidad, y qué decir de la alta velocidad (AVE) que mueve convoyes de cientos de toneladas sufriendo una elevadisima resistencia aerodinámica. De entrada podríamos pensar que el coche es el medio menos contaminante.
Pues bien, eso sólo es cierto cuando hablamos de un pasajero por medio de transporte. Es fácil pensar en coches privados con un sólo ocupante, pero es ridículo pensar en aviones, trenes o autobuses con una sola persona a menos que sean trayectos sin servicio. El coche, autobús y avión dependen casi exclusivamente de combustibles de origen fósil (gasolina, gasóleo, queroseno), mientras que el tren recibe energía de fuentes fósiles, nuclear y renovables.
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