
Desde bien pequeños aprendemos todo lo necesario para cruzar la calle y por dónde y con quién debemos hacerlo. Pero a medida que vamos creciendo se convierte en un ejercicio diario, casi rutinario, al que no prestamos la debida atención. Entre otras cosas porque el miedo y el condicionamiento de poder sufrir un accidente han ido desapareciendo con los años, a medida que hemos salido ilesos en cada cruce, muchas veces incluso en situación de riesgo.
Por eso es más necesario en la edad adulta y especialmente en la tercera edad, prestar atención a esto, por muy rebuscado, oportunista y ridículo que pueda parecer. A medida que pasa el tiempo y vamos ganando confianza nos olvidamos de las reglas básicas de comportamiento a la hora de atravesar la calzada y para colmo de males depositamos nuestra confianza en unos reflejos que merman con cada año que transcurre. Cruzar la calle, no es un juego de niños. Ni tampoco aprender a ello es sólo para niños.




