
Dice el chiste que Graham Bell no tuvo ningún mérito cuando inventó el primer teléfono. No, el mérito lo tuvo la persona anónima que inventó el segundo, lo cual les permitió hablar.
Aparte de ser malísimo, el chiste nos enseña una verdad incuestionable sobre el invento: hacen falta dos personas para tener una conversación. Dos no hablan si uno no quiere, como las peleas.
Aunque lo cierto es que siempre la comunicación siempre comienza a iniciativa de uno, el que decide marcar un número y «obligar» al otro a dejar lo que anda haciendo para atenderle. Y todos sabemos que eso puede tener consecuencias negativas: que se queme la comida, dejar desatendido niños, olvidar lo que iba a escribir en el blog (me ha pasado, lo reconozco)...








