
Recuerdo que cuando era pequeño me fascinaba ir con mi padre al túnel de lavado. Esas máquinas que se movían de forma extraña, peluches que multiplicaban su tamaño al girar, agua y productos químicos volando a chorro a nuestro alrededor… y lo más espectacular, el soplador final que se iba levantando a medida que pasaba el coche.
Lo que no entendía era por qué había unos señores a la salida del túnel, armados con bayetas profesionales, que nos asaltaban para acabar de secar las superficies acristaladas de nuestro vehículo, empezando por los retrovisores exteriores. Como si el soplador y la posterior evaporación natural no fueran suficiente.
Sin embargo, con el transcurso de los años lo he ido comprendiendo un poco mejor… supongo que por estudiar una carrera que se basa en entender lo que ocurre en el mundo, y sobre todo al verme en la situación de limpiar la carrocería de mi vehículo yo mismo. Si el cristal no se seca bien, cuando al evaporarse la humedad vuelve a quedar sucio.





