
Una de las demandas recurrentes de los colectivos de víctimas de tráfico tienen que ver con la potencia de los coches, y de cómo ha de restringirse, dada su peligrosidad. En las jornadas de la FUNDACIÓN MAPFRE de la semana pasada vivimos un episodio más de esta lucha.
Me siento en la obligación de hacer un alegato en favor de los coches potentes, porque creo que el coche no es el problema, lo es quien lo conduce, porque los coches a día de hoy no toman decisiones por su cuenta. Son simples máquinas que obedecen a sus conductores, siempre que mecánicamente y desde la física eso sea posible.
Una activista preguntó a un ingeniero que pertenecía a la mesa de ponentes por qué no se pone freno a la escalada de potencia de los fabricantes. Su respuesta fue muy en línea con lo que voy a argumentar a continuación. El problema no está en los coches.











