
En época de verano, mientras disfrutamos de nuestro tiempo libre con nuestra gente o amigos, unos organizan, unos deciden hacer cosas y otros trabajan por los demás cuando nadie decide ponerse manos a la obra. Me refiero a esos almuerzos de mediodía con un sol radiante, en la casa alquilada o en la terraza de la playa y en un momento determinado ocurre esto: A ver, dice el anfitrión que lleva la voz cantante: ¿Quién me releva en la barbacoa?, y una cosa de última hora, ¿quién va por hielo?
Es cuestión de interés o de protagonismo dentro del grupo, pero lo cierto y verdad es que a la hora de cumplir un recado, si hay que ir muy lejos, ya ponemos los primeros inconvenientes. No es la distancia lo que molesta sino más bien el hecho de tener que cambiarse o de coger un vehículo para el desplazamiento surgido de última hora. Pues, aunque sea una distancia corta, el peso de la compra te echa para atrás y es, en ese momento, cuando se plantea la posibilidad de moverse entre ruedas.
El hecho de hacer un recado es tan habitual como la vida misma, pero de ahí a verse implicado en un accidente, ya no resulta tan divertido. Se trata de un caso real que me contaron hace unos días y que por suerte no hubo que lamentar desgracias. Pero, pudo haberla habido…




