
La conducción es, posiblemente, una de las actividades en que más importante resulta tener la mayor cantidad de información posible de nuestro entorno. Sencillamente, porque en coche nuestra posición cambia muy aprisa. La vista es, sin duda alguna, la herramienta más poderosa que tenemos para recabar información de nuestro entorno.
Sin embargo, aunque usar la vista parece fácil porque llevamos toda la vida haciéndolo, como (casi) todo requiere cierto entrenamiento. Sobre todo, a la hora de vernos en una situación tan antinatural como estar a los mandos de un vehículo. ¿Recordáis lo insistente que era vuestro profesor explicando a dónde teníais que mirar?
Antes de ponernos tras un volante por primera vez, llevamos años y años caminando. A pie, todo es distinto. Basta con mirar unos cuantos pasos adelante para no tropezar contra nada. Si atisbamos un obstáculo a un escaso metro, podemos parar en seco o dar un salto a un lado para esquivarlo.
No obstante, la circulación es todo otro mundo. No sólo por la velocidad en si, sino por la menor maniobrabilidad del vehículo. Con el agravante que, además, si ocurre cualquier cosa las consecuencias son muy graves.




