
Creo que más de un congénere me entenderá cuando diga que el bolso de nuestras chicas y mujeres es un gran misterio sin resolver para el género masculino. Esa especie de volquete que viaja colgado de un sólo hombro, y que según dicen sólo contiene «lo básico».
Pero no sólo es un simple cachivache de almacenamiento y transporte. Es un complemento que debe hacer juego con la indumentaria. Un objeto de deseo que coleccionar de todas formas, tamaños y colores. Incluso en condiciones de peligro, se puede convertir en una eficaz arma defensiva.
Y no lo digo como crítica. Lo digo con el asombro y admiración del que, tras intentar patinar por primera vez en su vida, observa las evoluciones de un campeón olímpico. Y es que los hombres somos inferiores en muchas cosas, y la comprensión del bolso es una de ellas.





