El movimiento de empujar hacia arriba o hacia abajo la palanca del indicador de dirección de nuestro vehículo sirve para advertir nuestras intenciones al resto de usuarios que comparten la vía. Un simple gesto que cuando nos movemos entre el tráfico, ya sea por ciudad o carretera, hace más fácil nuestra labor en la conducción. Circular bien es también maniobrar sin sorpresas y para ello las luces indicadoras de dirección conocidas como los intermitentes deben de parpadear varios segundos antes de comenzar cualquier maniobra.
Una maniobra que, como ya sabemos, es cualquier alteración de movimiento en la marcha de un vehículo dentro de la circulación, ya sea para cambiar de carril, de dirección, de sentido, de vía, adelantar, parar, etcétera. Por tanto, todas las maniobras habidas y por haber que realice cualquier persona a los mando del vehículo, deben señalizarse correctamente con los indicadores correspondientes en tiempo y forma, de manera que no constituyan un riesgo para los demás usuarios de las vías y muy especialmente, en ciertas maniobras que explicamos a continuación.
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Parece una tontería pero estoy seguro que a más de uno le ha pasado el trance de quedarse sin gasolina o gasoil en el coche durante algún trayecto por carretera o habéis escuchado de alguien que le haya ocurrido. Conducimos con el tiempo justo, apurando al máximo hasta la última gota de combustible que queda en el depósito para no entretenernos en repostar el vehículo y cuando vemos que realmente le hace falta combustible, nos pasamos de gasolinera.
También, durante el itinerario, nos confiamos en que habrá una próxima estación de servicio sin saber los kilómetros que nos faltan, y bien, por despiste o falta de previsión no hemos visto el nivel de consumo o simplemente no calculamos los kilómetros que podemos circular con el depósito en reserva. Una circunstancia como es la inmovilización de un vehículo en una carretera, con todo lo que ello representa, y que habrá que explicar en el caso de ser requeridos por un agente de tráfico.
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Estamos en la recta final hacia las fechas navideñas y como todos los años, sin darnos cuenta, nos vemos metidos en esa especie de burbuja consumista. Se trata de la compra habitual pero con el añadido de la extra de navidad que incluye la visita programada a esas calles convertidas en centro comercial para que los peatones tengan donde meterse a sus anchas.
Pues bien, para no convertir a los coches en carrito de la compra, por parte de los responsables del tráfico, se activa un plan especial con restricciones sobre estacionamientos y de regulación del tráfico para poder acceder al centro de la ciudad. Hasta aquí, todo perfecto pero el problema viene cuando nos cambian la señalización y limitan o habilitan las zonas de parada y estacionamiento.
La afluencia de tráfico conlleva detenciones muchas veces justificadas, sin embargo, una parada en doble fila, un mal estacionamiento limitan aún más nuestras posibilidades de movilidad. ¿Qué diferencia existe entre parada y estacionamiento?, ¿sabemos estacionar correctamente nuestro vehículo?…
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Muchas veces hemos tratado el tema de la importancia de la distancia de seguridad cuando circulamos por carretera para evitar situaciones de riesgo y, sobre todo, las temidas colisiones por alcance. Pero creo que nunca hemos hablado de la distancia de seguridad en parado y después de lo que pude observar el otro día, os puedo poner un ejemplo que nos lo mostrará perfectamente.
Tengo la costumbre de, cuando me detengo en un semáforo, hacerlo siempre de tal manera que pueda ver perfectamente las ruedas traseras del vehículo que me precede. De esta forma, si tiene cualquier problema, se le cala el coche, se le estropea o decide que ese es un buen lugar para pararse, puedo simplemente girando el volante maniobrar y proseguir mi camino ya que la distancia que he guardado es suficiente. Leer más…

Con la llegada del buen tiempo, somos muchos los que desempolvamos la bici y nos echamos a pedalear en un intento de hacer algo de deporte, movernos de forma más saludable y barata, o simplemente disfrutar de paseos al atardecer. Además hay que sumar el incentivo que tiene el hecho de que la bicicleta en todas sus formas sea un medio de transporte limpio, fácilmente aparcable, barato y silencioso.
Con todo esto se necesita una buena campaña de concienciación, de recordatorio de las normas generales y sobre todo de énfasis en la seguridad vial que debe conocer tanto cualquier conductor de vehículos a motor, como también los propios ciclistas. El manual básico de qué se puede y qué no se puede hacer, cómo efectuar maniobras circulando en bici y cómo debemos los conductores comportarnos ante la eventual presencia de ciclistas aislados o en grupo. Y la DGT ha estrenado campaña con el sugerente nombre de “Me apunto a moverme en bici“.
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Hey, baby, park your car on the wild side
Hace unos días Jaume se devanaba los sesos intentando explicar, con un poco de geometría en la mano, por qué es tan difícil aparcar bien. Habló sin nombrarlo del principio de Ackerman y casi de milagro no se paró a explicar el trapecio de Jeantaud. Y, mientras tanto, algunos de nuestros lectores, seguramente sensibilizados con el problema de las infracciones en aparcamientos, se lanzaron a hablar de la selección del lugar en el que aparcamos y dejaron varios comentarios alusivos.
Triunfó el estacionamiento en sentido contrario, y eso que el post iba de otra cosa. Bien, pues ellos lo han querido. Hoy vamos a analizar el problema de aparcar en el sentido contrario, una práctica que resulta tan cotidiana como ilegal y arriesgada, para el que la ejerce y para el que sin comerlo ni beberlo se puede dar un buen susto mientras conduce tranquilamente.
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Una de las maniobras que infunde mayor respeto a la mayor parte de proto-conductores cuando empiezan las prácticas es el estacionamiento. Preocupaciones como darle un golpe a otro coche, subirse a la acera, superar el tiempo permitido, dejarlo demasiado lejos del bordillo o torcido, etc. Incluso en ya una vez con la tarjetita rosa, una maniobra un poco patosa puede fácilmente ser blanco de protestas… y lo que es peor, risas.
Si me preguntáis a mi, estas preocupaciones son, como mínimo, superfluas. Difícilmente va uno a sufrir un accidente grave aparcando. Ni siquiera a causar desperfectos que realmente valga la pena considerar. Hay mil cosas que debería preocupar a todo el que se ponga tras un volante, ya sea para aprender o con miles de kilómetros en las espaldas.
Pero lo cierto es que, lógica a parte, dicha preocupación existe. Así que analicemos un poco los motivos por los que es tan difícil aparcar.
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Hace justo un año me dirigía a vosotros para explicaros que la primera vez siempre duele. Me refería al primer pequeño incidente que tuve en circulación abierta con otro coche. De hecho, fue tan temprana que aún estaba en prácticas. *No habría conducido ni 40km en mi vida*.
No fue gran cosa, *un pequeño susto*, un bocinazo por parte del profesor y una reacción algo exagerada de un anciano conductor con su propia técnica para rodear glorietas. No fue nada, pero fue el primero, y como siempre, dolió. Aunque ahora sé que, en realidad, *todas las veces duelen por igual*.
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Os propongo un pequeño experimento. Elegid una intersección cualquiera entre dos o tres vías medianamente concurridas, sentaos en un banco y observad un rato. Sencillamente, mirad.
Yo lo realicé de forma involuntaria no hace mucho. Había quedado, y llegué un poco antes de tiempo. O quizá el otro llegaba un poco tarde, da igual. En cualquier caso, no me quedaba más remedio que sentarme y esperar.
Ante mis ojos, llenando la práctica totalidad del espacio visible desde mi posición, se desarrollaba en todo su esplendor el gran espectáculo de la intersección de dos de las arterias más importantes de una gran ciudad. Tantos y tantos coches…
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En ocasiones tras alucinar con según qué maniobras, me gustaría poder detener el tráfico, acercarme a la ventanilla de un conductor y preguntarle «¿por qué has hecho eso?». Imagino que muchas veces la respuesta sería «para ganar tiempo».
Pero la gran paradoja es que, a menudo, las infracciones que se cometen «para ganar tiempo», en realidad representan un ahorro realmente paupérrimo. El ejemplo paradigmático es reencontrarse en la cola de un semáforo al que te acaba de realizar un adelantamiento in-extremis. En esas ocasiones, en la intimidad que me dan las ventanillas cerradas, me vienen ganas de saludar «hola de nuevo, gilí».
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