
La semana pasada por motivos laborales me toco hacer un transporte de materiales de la empresa a una obra que tenemos en Cantabria. Como era bastante material, decidí llevar una de las furgonetas de la empresa en vez de hacerlo con mi propio coche. Normalmente evito coger cualquier vehículo de los demás a no ser que lo conozca mucho porque no me siento muy seguro al volante de un posible ataúd con ruedas del que desconozco el mantenimiento.
Por suerte, la furgoneta que utilicé tenía escasamente un mes y aunque alguno de mis compañeros sea un poco bruto, por decirlo finamente, no podían haber destrozado algo todavía. Así que una vez cargada y correctamente asegurada, puse rumbo a la autopista. Ojo, no me olvidé de regula correctamente todo: espejos, asiento, volante y familiarizarme con la ubicación de los mandos.





