
Esta mañana todos nos hemos levantado con la extraña sensación de que algún gracioso nos ha robado una hora de nuestra vida. Ya ha llegado el habitual cambio de horario, en virtud del cual a las dos de la madrugada la hora oficial cambia a las tres. Desde 1973, año de la Crisis del Petróleo y origen de la medida, nos dicen dos veces al año que moviendo las manecillas del reloj nos ahorramos un pico en energía, que no están los tiempos como para desaprovechar los recursos.
Sin embargo, lo que normalmente no se dice demasiado es que este cambio repentino en nuestras rutinas conlleva también una serie de desajustes en nuestro organismo, lo cual (cómo no) nos lleva a considerar las consecuencias del cambio de hora como un factor de riesgo asociado a la distracción, al sueño y a la fatiga. Dicho de otra manera: el cambio de hora tiene una especial repercusión en la seguridad vial.







El dato es demoledor: las distracciones causan el 39% de los accidentes de tráfico en España. Justo el doble que el exceso de velocidad. Pero, como ya hemos comentado varias veces, señalar al conductor que excede unos límites de velocidad puestos a la bartola es lo fácil, y por lo tanto, lo que muy a menudo se hace. Parece que los únicos despitados que hay no son los conductores…


