
Recuerdo la primera vez que conduje de noche. Por motivos obvios, es algo que uno nunca tiene la oportunidad de probar en prácticas. La ausencia de tráfico, junto con el juego de luces y sobras, hace que sea una experiencia agradable para muchos conductores. Desde luego, más apetecible que el eterno primera-punto muerto-primera de los atascos matutinos.
Sin embargo, conducir de noche comporta ciertos riesgos que no están presentes durante el día. El primero, obviamente, la oscuridad. Para solventarlo, nuestros vehículos van equipados con faros, que nos permiten iluminar nuestro entorno para verlo; y a nosotros mismos para que nos vean. Los faros nos permiten eliminar los riesgos debidos a la oscuridad, siempre y cuando circulemos de forma que podamos detener el vehículo dentro de la zona iluminada, claro está.











