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No olvide supervitaminarse y mineralizarse

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Estamos en verano y ya hemos hablado veces y veces de los desplazamientos vacacionales, de las precauciones y de no tomarse a la ligera el hecho de salir de viaje con la familia. Y siempre parece que el riesgo está ahí fuera, en la carretera, que hay que ir con mil ojos y que todo lo inimaginable nos puede pasar. En parte es un poco así, pero sin el componente de exageración que le acabo de dar a mis palabras.

Hay otro tipo de riesgos que son, al menos desde mi punto de vista, por ejemplo intentar cubrir más kilómetros de una sola tacada de los que son recomendables por el sentido común. La prisa nunca es buena consejera, peor es que si nos ponemos en el contexto vacacional, la prisa no debería aparecer en ningún caso. ¿Es que no nos llega con el resto del año? En todo caso, ya sea para un viaje de vacaciones o un viaje de trabajo, nunca es recomendable “supervitaminarse y mineralizarse”, sobre todo si se trata de estimulantes que nos prometen resistir más kilómetros sin parar, o tener mejores capacidades al volante.

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Un viaje de sueño

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Una pareja visitando el reino de los sueños

Ya sabéis que lo normal en Circula Seguro sería comentar un anécdota real, algo que hemos visto, o cualquier noticia que ande por la red. Lo que viene a ser un blog de seguridad vial, vamos. Pero, en esta ocasión, si me lo permitís (y no tenéis forma de evitarlo, juajuajua), voy a explicar un sueño que tuve la noche pasada.

Eso sí, si en la sala hay algún psiquiatra, o experto en la interpretación de sueños, le pido que deje aquí la lectura del artículo. O, por lo menos, que se abstenga de comentar, porque aún me va a sacar los colores y no es plan.

Como una muñeca rusa, el sueño comenzaba despertándome. No de verdad, sino en el propio sueño. Siguiendo con la cotidianidad, daba unas cuantas vueltas más a la cama (si hasta en sueños soy un vago). En este estadio, aún no tenía sensación de apremio, aunque al ir al baño ya me rondaba un pensamiento de «no te alargues, que tienes que ir al tajo» (ya podría haber soñado con vacaciones, jopeta).

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Llegaré... cuando llegue

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Llegar a casa

Hace unos días fui a visitar a mis padres, que viven más o menos a unos… (un momento, que lo miro) 65 kilómetros, y una vez allí me hicieron una pregunta a la que no supe contestar: ¿cuánto se tarda de mi casa a la suya? Me encogí de hombros. Por lo que veo en ViaMichelin y en Google Maps el trayecto debí de cubrirlo en una hora aproximadamente. Pero necesito internet para saberlo.

¿Por qué? Pues porque rara es la vez que miro el reloj mientras conduzco, y entiendo que llegaré a mi destino exactamente en el preciso instante en el que cierre la puerta del coche por fuera y le dé un toque al botón del telemando. Hasta entonces, estaré conduciendo y por lo tanto de nada me sirve mirar qué hora es ni cuánto ha transcurrido desde que salí de casa. Así de sencillo.

¿Así de sencillo?

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Un cafelito y aguanto lo que sea

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¡Qué ritmo de vida llevamos todos! El mundo no nos espera. Si no corremos hacia nuestra próxima tarea, perdemos el tren y nos quedamos saludando con cara de tontos en el arcén las oportunidades perdidas que pasan por delante de nuestras narices.

A la sociedad actual parece no importarle demasiado que nuestro cuerpo no esté construido para trabajar de forma indefinida. Necesitamos seguir el ritmo natural de vigilia y sueño, que dura alrededor de 24 horas. Por ese motivo, recibe el nombre de circadiano (cercano al día).

Pero las prisas, las ganas de terminar la que siempre es la penúltima tarea de la lista, a menudo nos hacen alterar el ciclo natural del cuerpo. Forzamos la máquina, y al final puede llegar a romperse. Y si cuando se rompe estamos realizando una actividad de riesgo, como por ejemplo conducir un vehículo, la cosa pinta mal.

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