
El otro día, como cada mañana, salía caminando de mi casa en dirección a la estación de cercanías. Es algo que llevo haciendo mucho tiempo, desde que era un simple estudiante. Y, ahora, incluso con permiso para conducir y vehículo propio, sigue siendo mi opción preferida por su reducido coste (tanto para mi bolsillo como para el ambiente), relativa puntualidad, elevada comodidad y seguridad.
Como yo, muchas otras almas cada mañana deciden acercarse al lugar de trabajo o estudio con transporte público. Una de las ventajas de este tipo de transporte es que uno puede elegir a qué dedica el tiempo del trayecto. Por contra, si uno elige el vehículo particular, no hay elección: debemos dedicar el 100% del tiempo a intentar sobrevivir un día más a la jungla de asfalto.
En el tren, hay entretenimiento para todos los gustos: hay quien lee un libro, repasa apuntes, escucha música, juega con algún aparato electrónico, o simplemente observa las musarañas. Yo soy de la opinión de que la forma más productiva de invertir el rato es dormir, con lo que el trayecto nunca es lo suficientemente largo.









