
Es cierto que pertenezco al universo de conductores desde hace relativamente poco, pero ya he pasado por más peajes de los que quisiera. Bueno, eso es fácil de conseguir, por que querer, no quiero pasar por ninguno. Como la mayoría de vosotros, supongo. No obstante, ya he visto, y vivido, alguna que otra situación preocupante en las cercanías de estos puntos recaudatorios.
A parte de consideraciones sobre la desigual distribución de los mismos, la justicia de su precio y otras reivindicaciones históricas, lo cierto es que por lo menos no engañan a nadie. Presentan unas ventajas de fluidez (normalmente) y velocidad, que nosotros decidimos aprovechar voluntariamente, sabiendo el precio. Nos guste o no, son un elemento de nuestras carreteras, y saber circular por ellas es imprescindible para incrementar la seguridad vial.
La primera vez que pasé por uno fue aun en la autoescuela. Le pedí a mi profesor hacer una práctica especial, de tres horas, para ir a Barcelona. Quizá os contaré sobre este día en otra ocasión. Me daba cierto respeto el peaje. Cuando uno lleva una L azul desde hace poco tiempo, el paso entre cada cabina siempre es demasiado estrecho y la barrera siempre está demasiado cerca. Sin embargo, las indicaciones de Joan (mi profesor) no se centraron demasiado en esos aspectos. Se centró más en cuidar la trayectoria antes y después de pasar por caja.







