
Esta noche pasada andaba yo haciendo zapping en la tele y me encontré con el debate del programa La Noria de Telecinco. Algo me hizo dejar el mando quieto en el sofá y liarme a intentar descifrar mensajes entre el griterío que se había montado en el plató. Los allí reunidos estaban hablando (es un decir) de taxis y de taxistas, y al parecer todos los asistentes tenían mucho que decir a favor o en contra de la mala fama que acarrea el sector, habida cuenta que los ponentes se interrumpían constantemente y de ninguna manera respetaban ni a sus compañeros de supuesta tertulia ni por supuesto a los sufridos espectadores de aquel espacio.
El caso es que por un momento la pelea de grillos derivó en una pregunta interesante: ¿Cómo lleva el cliente que el taxista le dé conversación? Y ahí puse yo las dos orejas a trabajar, e incluso alguna neurona también. Recordé algunos de los muchos trayectos que realizaba yo de pequeño en autobús y cómo me había llamado siempre la atención un cartelito negro que junto al puesto de mando rezaba en letras grisáceas y de forma escueta: “No distraigan al conductor”. Mientras en la tele seguían los gritos, tirando del hilo argumental recordé también algunas de mis experiencias como pasajero a bordo de un taxi.






Es evidente que el carril bus es, como bien dice su nombre, un carril especialmente habilitado para la circulación exclusiva de autobuses y taxis. Hasta aquí, todos de acuerdo. Pero en ciudades con una densidad de tráfico tan importante como, por ejemplo, Barcelona, y con un parque de motos de los más importantes de Europa, ¿cabría considerar la posibilidad que estos vehículos, por sus particulares características, puedan hacer uso de este carril?


