
Cuando era pequeño, los atascos siempre me fascinaban. No, no penséis mal de mi, no es que me gustara estar atrapado en un mar de coches. Todo lo contrario, me moría de ganas de poder ponerme a correr. Pero no los entendía, y ello llamaba mi atención.
Mi razonamiento infantil era que aquella cola de vehículos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista no podía ser infinita. Por lo tanto, debía haber algún punto en que se terminara. Más allá de aquel lugar, la carretera estaría vacía, y simplemente el primero de la cola no sé movía.
Mi juvenil, fértil – y casi enfermiza – imaginación enumeraba los posibles motivos por los que los de allí delante decidirán ir tan despacio. Sí hoy en día pensara algo así, probablemente me cabrearía. Y mucho. De hecho, cuando alguien entorpece el tráfico de esa forma, suele ser avisado por un concierto de claxon (por si no se había dado cuenta de que por allí pasa gente). Pero por aquel entonces yo imaginaba otras cosas: a lo mejor tenía las ruedas cuadradas y por eso le costaba avanzar.











