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Es del dominio público la teoría psicológica que esbozó Abraham Maslow allá por 1943 sobre la jerarquía en que se estructuran las necesidades humanas y que se resume gráficamente en forma de pirámide. Grosso modo, la idea es que a medida que el ser humano consigue aquello que más precisa, busca nuevos horizontes, nuevas metas que alcanzar, poco a poco las va logrando y sigue fijando nuevos hitos… y así sucesivamente hasta llegar a un estadio de completa autorrealización.
A veces me viene esta pirámide a la mente cuando, hablando sobre seguridad vial, echo una mirada a otros entornos y me doy cuenta de cuál es la cruda realidad. Y es que normalmente giramos la cabeza hacia países como Suecia, donde hace años que fijaron el objetivo cero en materia de mortalidad vial y les va de perlas, o nos inspiramos en el permiso por puntos de Francia, o admiramos la capacidad británica para poner orden en algo que puede ser tan caótico como el tráfico en las grandes ciudades.
Sin embargo, rara vez se nos ocurre volver la vista hacia esos países que, pasando por alto las ideas de Maslow, están realizando un enorme esfuerzo de concienciación (“concientización”, lo llaman allí) sobre el problema vial cuando tienen sobre la mesa otros muchos problemas de dificilísima resolución. Hablo de esas voces que desde América Latina a menudo lanzan un mensaje de apoyo y sincero agradecimiento hacia nuestra labor como editores de Circula Seguro. Voces que nos cuentan con ilusión cómo a título prácticamente individual intentan mejorar la seguridad vial en sus países, pese a que allí nadie les pone las cosas fáciles.
A ellos les dedico hoy este post. Y muy especialmente a Fernando Alberto Ulloa.
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