Supervivencia vial en un pueblo de veraneo

Cadaqués, pueblo costero y destino turí­stico para veraneo

De todos es sabido que en el pueblo, y más en un pueblo de costa, y más más si en ese pueblo sólo nos van a ver el pelo durante el verano, las costumbres se relajan hasta límites insospechados. En el momento en que las leyes quedan superadas por la premisa de que no decaiga la fiesta, que es la razón de ser de estos municipios que viven del turismo, hay que saber comprender cómo funcionan las cosas.

Hoy vamos a darle un repaso a algunas normas no escritas de convivencia vial que rigen en este tipo de municipios cuando el sol aprieta, los guiris abundan y la Policía Local se dedica más a controlar los tirones de bolsos en los alrededores de las tiendas de souvenirs que a atender las dificultades del tráfico que se generan en un lugar que no suele estar preparado para absorber un gran movimiento migratorio estival.

Ni casco, ni cinturón

Parece mentira, pero en el pueblo de la costa el cinturón y el casco no tienen sentido. Ni las colisiones a bordo de un coche causan daño a sus ocupantes ni las caídas de la moto o el ciclomotor rompen la cabeza de ningún chaval. Los científicos no terminan de ponerse de acuerdo, pero seguramente el aire del mar propicia que la siniestralidad tenga menores consecuencias cuando se produce cerquita de la playa. Y es que el calor que hace es motivo suficiente como para desembarazarse de incómodos artefactos cuya utilidad no está en absoluto demostrada.

Una forma de llevar el casco absolutamente útil es esa en la que el absurdo chisme se convierte en una improvisada cesta que cuelga del codo. Resulta ideal para meter dentro la botella de gaseosa. Otra posición posible es la conocida como chichonera, consistente en llevar el casco calado a la altura de la marca de la boina, lo que permite que el conductor disfrute de la fresca brisa marinera. En cualquier caso, debemos intentar que el casco no perjudique nuestro peinado, ya que de producirse este efecto no lograremos cautivar la mirada de ningún posible ligue veraniego.

En cuanto al cinturón de seguridad, a todas luces superfluo cuando circulamos por un pueblo de la costa, existen tres posibilidades. La primera, hacernos con una hebilla o una chapita con la que engañar al sensor que nos dice que no nos hemos puesto el cinturón. La segunda, atar el cinturón antes de sentarnos sobre él, aunque esto resulta un poco incómodo. Finalmente, lo que hará las delicias de nuestros acompañantes y del mundo entero es que prescindamos de ponernos el cinturón y disfrutemos del pitido en forma de tirurí-tirurí que taladrará los tímpanos de cualquier ser vivo que se encuentre en un radio de cien metros alrededor de nuestro coche.

La comunicación es un don

El ambiente marítimo despierta nuestro lado más aventurero. Por eso, las vacaciones en un pueblo de la costa son un momento ideal para dejar de lado esa absurda manía heredada del entorno urbanita y consistente en usar los intermitentes antes de hacer una maniobra. En la playa, un conductor de los de verdad sabe comprender nuestras intenciones aunque no se las expliquemos. Y si no, peor para él.

De hecho, también las normas de la ciudad caen ante dos conductores que sepan de verdad lo que se traen entre manos mientras disfrutan de la relajación que les brindan las vacaciones. Si hay un cruce o uno de esos estrechamientos tan frecuentes en los pueblecitos, es de tontos mirar si existen estúpidas señales que nos guíen como borregos hacia el matadero. Lo que se impone es echar un vistazo furtivo al otro conductor e interpretar su mirada. Si es un pardillo, pasaremos nosotros a toda mecha. Si tiene cara de jugárnosla, es mejor que le hagamos una finta con el embrague y el freno, para ver qué tal reacciona. El Mundo es de los audaces.

Usa el claxon para todo

Tanto da que sea para pelearte con un conductor que no ha sido capaz de entender tus pensamientos como para saludar efusivamente a un amigo al que acabas de conocer como para llamar la atención de un veraneante que te causa buena impresión a primera vista (que está cañón, para entendernos).

El claxon se usa sin miedo ni restricciones siempre que su uso esté justificado. Y está claro que en un pueblo de costa, cuando llegan las vacaciones, todos estos usos son absolutamente legítimos y plenamente recomendables, puesto que le dan al municipio un envidiable ambiente de fiesta permanente.

Deja el coche donde puedas

Es verdad que en algunos pueblos de la costa se están empezando a importar absurdas costumbres de la ciudad, como esa de aglutinar todos los coches en enormes parkings que siempre quedan a tomar p extremadamente lejos de la playa. Por eso, lo que se impone es dejar el coche aparcado en cualquier rincón, mejor si es a la sombra, intentando que no moleste demasiado, más que nada para evitar sorpresas desagradables como que un conductor poco hábil nos haya roto un retrovisor al pasar con el camión de la basura.

Lo malo de los pueblos de la costa donde normalmente vamos a veranear es que las calles suelen ser estrechas y redondeadas, por lo que no hay ni un puñetero sitio en el que dejar el coche a salvo y que nosotros nos quedemos tranquilos. Al final, más vale pensar que estamos de fiesta y que no debemos amargarnos la vida. Y es que, en realidad, si nos rompen un espejo es igual. Total, para lo que lo íbamos a usar…

Aquí, todas las calles son de doble sentido

Para facilitar el paso a todos los veraneantes y para dar la mayor agilidad y fluidez a la circulación, es de cajón que cualquier callejuela del pueblo puede ser transitada en uno u otro sentido, digan lo que digan las señales. No tiene sentido derrochar tiempo y carburante en darle vueltas a un pueblo en el que, además, no hay una sola calle recta cuando podemos en cualquier rincón dar media vuelta y volver por donde hemos venido o, mejor todavía, ir marcha atrás hasta el siguiente cruce para así poder tomar la dirección que en realidad nos interesaba. De hecho, si ocurre algún malentendido con el resto de conductores, seguramente podremos echarle la culpa al ayuntamiento de la población por no haber previsto que los veraneantes pudieran perderse por esas estrechas calles que son todas iguales: blancas y redondeadas.

Velocidad, la justa

Y lo que es justo cuando estamos de fiesta permanente es que no nos den por sa molesten con señales ni radares. Total, ya que por dentro de las callejuelas del pueblo resulta imposible ir a más de 80Km/h, al menos que en la carretera no nos pongan restricciones, que bastante tenemos que aguantar durante todo el año cuando vamos y venimos del trabajo embotellados de atasco en atasco y vigilando por si hay algún radar camuflado por ahí. Si no nos dejan esa brizna de libertad, ¿de qué sirve entonces estar de vacaciones?

No es que tengamos prisa por llegar a ninguna parte, pero estaremos de acuerdo en que hay carreteras secundarias que parecen haber sido diseñadas expresamente para que nosotros pongamos a prueba nuestro coche, nuestros reflejos y nuestras capacidades al volante. Si no, con tanto descanso y tanto apachorramiento veraniego, cuando llegue el momento de volver a la ciudad no sabremos lo que era la adrenalina y quizá nos dé un patatús el primer día de la vuelta al tajo.

Controlando el ‘puntito’

Dado que estamos de fiesta permanente, por las noches tenemos que conducir con unos mínimos niveles de alcohol en sangre. Lo justo para ir con el puntito pero sin pasarnos tampoco, que no es cuestión de acabar partiéndonos la cabeza en plenas vacaciones. Y si nos paran en un control, ya se nos ocurrirá algo. Total, si controlamos un poco, la cosa es fácil.

Nuestros acompañantes compensarán sin esfuerzo la cuota de alcohol que nosotros no hayamos consumido, de manera que nuestro coche se transformará fácilmente en un templo de la alegría etílica que hará las delicias de los vecinos de la zona y del resto de los conductores. Para alertarlos de nuestro estado, no habrá mejor medida que alternar el uso indiscriminado del claxon con certeros acelerones y frenazos que servirán para determinar de forma auditiva y en todo momento nuestra posición en la vía.

Sin móviles, no hay diversión

En verano y estando de vacaciones en un pueblo de la costa, el teléfono móvil es un artículo de primera necesidad para poder relacionarnos con la gente que vamos conociendo. Por eso, limitar su uso sólo por el hecho de estar conduciendo es una norma que cae por su propio peso, dónde va a parar.

Lo mismo podría decirse de la manipulación del GPS en marcha. Vamos a ver: si estamos en un pueblo que no conocemos y hemos quedado en casa de una gente a la que no habíamos visto en la vida, ¿cómo vamos a llegar si no es atendiendo a su llamada telefónica y metiendo la dirección en el GPS mientras volamos hacia esa fiesta que nos han montado antes de que piensen que nos hemos echado atrás? Es absurdo.

En resumen

Veranear significa despojarse de todas las rutinas y de todas esas ataduras que nos amargan la vida durante el año. Por eso, cuando llegamos a ese pueblo que hemos elegido para pasar unos días junto a la playa tenemos ganas de ser libres, de ir a la nuestra, de que nos dejen en paz. Por eso hay que saber comprender cómo funciona el entorno vial en un pueblo costero mientras estamos de fiesta permanente.

Y luego, que no nos vengan con que en verano aumenta la siniestralidad vial, que estamos de vacaciones y no tenemos ganas de que nos cuenten problemas. Que la vida es para vivirla, ¿no? Pues eso, que nos dejen vivirla.

Foto | Josep Camós

  • Sam

    Perfecto post! Esa ironía hace que te salga una bonita sonrisa jajaja.

    Y las cosas ciertas, ciertas. Acabo de volver de la playa, y justo me toca leer esto, y no puedo más que asentir con la cabeza. Nosotros dejamos el coche donde lo aparcamos el primer dia, y no lo cogimos hasta nuestra salida. Pero esto se ve dia si y dia tambien 😉

  • Ah, coño, que era todo una ironía… 😛

    😉

    Gracias, Sam. Celebro que te haya gustado.